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YO TAMBIÉN SOY MIEMBRA

Y hembra y abogada y escritora y presidenta y jefa, porque la naturaleza me hizo así. Y por eso he desaparecido del lenguaje que sólo habla de los machos, de los abogados, de los escritores, de los presidentes y de los jefes. Por esa magia del idioma, resulta que en el país sólo hay hombres y jueces y presidentes y jefes y electores y ciudadanos, porque todos ellos han abducido a las ciudadanas y a las juezas y a las presidentas, haciéndolas desaparecer del planeta. Y, según parece, nosotras debemos conformarnos, para mayor honra y gloria, no sólo de los ilustres miembros de las academias y de los senados y de las conferencias, sino sobre todo, sobre todo, del lenguaje, que, según dicen los entendidos, que siempre son hombres –aunque alguna despistada también les defienda-, se sentiría ofendido y humillado si se usara el género femenino en esas expresiones que sólo están adecuadamente utilizadas cuando lo hacen en el género masculino.

Tanta ha sido la indignación que les ha acometido a periodistas, escritores, filólogos, políticos y hombres ilustres de diversas condiciones, cuando la ministra Bibiana Aído llamó miembras a sus compañeras de fatigas, que obligadamente nace la sospecha de que deben haberse sentido heridos por alguna otra ofensa muy profunda que conlleva el término, y cuya naturaleza se me escapa. Ninguno de los ofendidos ha reconocido que el lenguaje es solamente un constructo humano –más bien masculino- que responde a las necesidades de comunicación de una sociedad, en tiempo y lugar determinados. Que por ello mismo, refleja fielmente las relaciones de clase, de sexo, de cultura, de política, de su momento, y por tanto, ha sido, y sigue desgraciadamente siendo, reflejo de una sociedad patriarcal que todavía no hemos desmontado. En la que, como decía Gramsci, lo viejo se resiste a morir y lo nuevo todavía no se ha impuesto.

Esta ridícula polémica que se ha suscitado a consecuencia de una sola palabra,que recogen y alimentan, diariamente, periodistas y escritores, especialmente aquellos que se han distribuido los sillones de la Real Academia de la Lengua, y que se arrogan el derecho de decidir lo que se puede y no se puede decir, ha servido también para conocer a los ilustres opositores. Pero ni las soeces e insultantes expresiones de Pérez Reverte, que nos indican el nivel estilístico y moral del escritor, ni las burlas de Alfonso Guerra, que hacen honor al personaje, ni las disquisiciones de Javier Marías, que se erige en santón supremo del idioma cuando sus textos necesitan una buena corrección de estilo, nos detendrán. No nos detendrán para ir introduciendo en nuestras lenguas, todas las españolas, la visibilidad de las mujeres.

Quizá la ocasión para utilizarla por parte de la ministra no fue la más acertada, teniendo en cuenta todos los condicionamientos que reúne en contra: el sexo el primero, la edad, la falta de experiencia, su primera intervención en la Cámara, la titularidad de un ministerio que todavía no se sabe para qué servirá y en cuyo nombre, por cierto, se invisibiliza a las mujeres, cuando precisamente ella reivindica el femenino de las palabras y se supone que la principal tarea que debe desarrollar es la defensa de aquellas. Pero las reacciones que ha provocado han sidotan desproporcionadas como injustas. Cualquier escritor sabe que en el curso del ultimo siglo han desaparecido de nuestro lenguaje cientos de palabras y se han incorporado a nuestro diccionario decenas de otras nuevas, provenientes de varios idiomas, mayoritariamente del inglés, y muchos neologismos que responden al uso que el pueblo les da, y al que no suelen importarle mucho los aprobados o los anatemas de los inmortales de la Academia, a la mayoría de los cuales no recuerda nadie al cabo de unos años. Así, el Diccionario de la RAE recoge términos como overbooking, free-lance o cameraman,  frente a los castizossobreventa, autónomo o cámara. La UNESCO, en 1991 sacó susRecomendaciones sobre un uso no sexista del lenguaje y que empiezan con el siguiente párrafo:

El lenguaje no es una creación arbitraria de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo[1]". Yo añadiría que el lenguaje no es una disposición divina inmutable, como las Tablas de la Ley, sino que cambia con los tiempos, y que cambiará sin duda cuando las mujeres nos decidamos a utilizar aquellos términos que nos visibilizan y nos definen, con habitualidad y sin miedo a que esos censores arrogantes de la RAE nos anatemicen. Entonces, no sólo miembras y juezas y fiscalas y presidentas y jefas serán de uso común sino también,por ejemplo, feminicidio, cuando se alude al asesinato de mujeres, que por tanto ya no es homicidio, o como sororidad, alternativo a fraternidad. Y, en fin, muchos más que las mujeres y los hombres introducirán con normalidad en su habla cotidiana, obligando a los engreídos personajes de la RAE a incluirlos en su diccionario. Y entonces éstos, y otros, no nos pedirán perdón por tantos insultos como tuvimos que aguantar cuando los inventamos.

Artículo de: Lidia Falcón

Abogada y Feminista

[1] UNESCO Guidelines on non-sexist language. (Recomendaciones para un uso no sexista del lenguaje). París, Servicio de Lenguas y Documentos de UNESCO, 1991.

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Domingo 17 de diciembre de 2017 - 09:19