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No a la política comercial

Amparo Díaz Ramos. Abogada especialista en victimología, violencia de género y violencia doméstica

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No a la política comercial

En nuestro país a veces –aunque no siempre- cuesta distinguir entre una persona dedicada a la venta de pisos o coches y una persona dedicada a la política. Con todos los respetos hacia quienes abiertamente se dedican a las ventas, es preocupante esa similitud, sobre todo si tenemos en cuenta el cuestionamiento que se está haciendo al sistema político y a determinadas formas de gobierno desde fuera de nuestro territorio. Es patético, pero también peligroso para la democracia real, el empeño de tantos políticos y políticas en parecer de mediados del siglo XX y obviar las experiencias contemporáneas. Por usar uno de los ejemplos más brillantes, en Islandia treinta y una personas elegidas por democracia directa, sin intervención de partidos políticos, están elaborando una nueva constitución después de que en el año 2009 cayera el gobierno como consecuencia de la crisis económica y de que la población se negó a asumir la deuda de los banqueros. Una multipesadilla para buena parte de los y las políticos españoles y de las entidades financieras: rechazo a medidas económicas del gobierno en beneficio de la banca con la consiguiente caída de ese gobierno por la acción popular, nueva constitución, y, por si fuera poco, enjuiciamiento de banqueros (no digo “y banqueras” porque creo que no hay ni una implicada). Los casos de Túnez y Egipto también son representativos de que vivimos una época en el que entrar a discutir afondo el sistema político-económico, a nuestros políticos y políticas, y a los poderosos banqueros, no solo es necesario, sino también posible.

Con esto no quiero decir que no considere necesarios a los y las profesionales de la política ni a los partidos políticos; pero sí que creo que no basta con ello y que, además, una parte de estos hombres y mujeres, son desde mi perspectiva francamente prescindibles a la hora de trabajar por la comunidad por su falta de ética o de proyectos. En mi opinión, la política tiene que ser dialogante con la sociedad, y eso no tiene nada que ver con las giras comerciales que no pocas veces se organizan con ocasión de las elecciones. El diálogo es otra cosa. Desde la política se necesita mediante el diálogo, la observación y el estudio, identificar las necesidades de la sociedad, pero también desde la ciudadanía se necesita identificar sin ambigüedades los valores, el estilo, el proyecto concreto de los partidos y de sus líderes. Y necesitamos preservar espacios para la democracia directa y garantizar que la política sirva para aportar información y poder al pueblo, no para quitárselo. Debemos atrevernos a re-pensar los planteamientos socio-politicos, al menos los que se aplican en nuestro entorno. El cuestionamiento a nuestro sistema político-económico, y a la actuación de nuestros y nuestras dirigentes es un ejercicio de libertad del que no podemos desprendernos, aunque disguste profundamente a quienes hacen política con un estilo comercial y ven como un gran peligro que la ciudadanía tenga acceso a la información sobre lo que sucede y lo que hacen los y las gobernantes. Para estos políticos y políticas es fundamental ocultar la información relevante y dar una imagen de sí mismos y de sus intenciones que los conviertan en votables. Llevan la antigua práctica comercial de exagerar las virtudes y ocultar los fallos al límite. No en vano, dentro de la revolución de Islandia una de las primeras medidas ha sido precisamente aprobar una ley de información pionera en el mundo, que recoge el derecho de la ciudadanía a saber qué acciones llevan a cabo sus gobernantes. Una ley así es totalmente contraria al espíritu de la política comercial, basada más en el márquetin que en el pensamiento político.

Frente a la política comercial creo que debemos exigir que quienes aspiran a liderarnos se pronuncien claramente sobre qué consideran intolerable (y por tanto contra qué van a trabajar); cuales son los mínimos que consideran que deben estar garantizados a favor de cada persona, animal y naturaleza; cómo pretenden erradicar lo primero y garantizar lo segundo, cual va ser su enfoque y sistema de intervención. Y en general no lo hacen porque están centrados más que en identificar las debilidades del sistema y exponerlas para superarlas, en detectar las cuestiones que nos conmueven y que nos harán darles el voto (en ocasiones una y otra vez, a pesar de que luego los votados se dediquen a servir a los poderes económicos). Para ello dejan de lado lo mejor que pueden ofrecernos: el desarrollo de su propio pensamiento político y la exposición pública de su modelo de comunidad.

¿Es que casi ninguna persona dedicada a la política hoy tiene pensamiento político? Evidentemente no es necesario que se conviertan en una versión de Habermas, García Pelayo, o Margolis, pero entiendo que en algunas de sus innumerables intervenciones públicas además de hablar sobre el número de puestos de trabajo que van a crear deben explicar, como mínimo, el modelo de convivencia económica que van a propiciar, el modelo de cohesión social, el de intervención ante colectivos con especiales dificultades o históricamente reprimidos, el modelo de vertebración entre la totalidad del territorio nacional, el modelo de gestión administrativa y las mejoras (siempre se necesitan mejoras) normativas que pretenden realizar. Porque no es lo mismo crear puestos de trabajo que tengan un efecto multiplicador sobre otras personas o que respeten el medio ambiente, que otros que no lo tengan o dañen la naturaleza, y no es lo mismo identificar bienestar con ingresos económicos que con acceso a los recursos, desarrollo personal y salud física y mental. Para mí la palabra clave no es ingreso económico, sino acceso digno a los recursos, lo que incluye, además de los ingresos, otras cuestiones. Y tampoco es igual plantearse la cohesión social en términos de vigilar y controlar a la población para garantizar la seguridad ciudadana y el estatus quo, que en términos de inclusión, motivación, e igualdad de oportunidades. Tampoco puede compararse una política que tiene por objetivo servir a la ciudadanía, con lo que lo local es de vital importancia, que en una política que tiene por objetivo prioritario garantizar “el orden” y, por tanto, el control de la ciudadanía, en cuyo caso debe fomentarse un modelo político centralizado. Y en cuanto a los colectivos con especiales dificultades, o con desventajas históricas, como las mujeres, no es lo mismo minimizar las consecuencias de la ideología machista que expresarlas con detalle (haciendo un diagnóstico de la situación social) y con responsabilidad (haciendo un estudio sobre la eficacia de los recursos existentes y las mejoras necesarias), pues solo de esa forma puede hacerse un abordaje exhaustivo de la situación. No es lo mismo apostar por una convivencia en la igualdad, es decir, declaradamente feminista, que por una convivencia como la predominante, es decir, machista pero con parches contra la manifestación más obvia del machismo, la violencia de género en el ámbito de la pareja. Tampoco es lo mismo seguir usando el sistema de gestión administrativa preexistente –francamente mejorable en cuando al diseño de los servicios, gestión de recursos humanos y energéticos, y gestión medioambiental- que hacer un estudio del mismo y plantear cambios sin perder fuerza lo público aunque aprovechando la capacidad de las organizaciones sociales; o que hacer cambios en la dirección contraria, privatizando o no garantizando la calidad en la intervención en materia social. Y no se puede comparar plantear sin pánico en España la mejora de todas nuestras normas fundamentales – que falta nos hace-, empezando por la constitución, que considerar que tocar esas normas es como provocar un terremoto y que cuanto más se parezca nuestro ordenamiento jurídico al de nuestros padres, mejor.

Estas son las cuestiones mínimas respecto de las cuales aspiro como ciudadana a conocer con detalle el posicionamiento de los partidos políticos, pero normalmente sus programas no responden a ellas claramente. Supongo que pretenden conseguir gustarle a más personas a través de la ambigüedad, pero tanta ambigüedad me temo que solo va a traernos mayor confusión y desencanto, y que, como suele pasar, solo va a beneficiar a las grandes empresas.

Para evitar caer en ese descanto creo que debemos re-pensar los parámetros sobre lo que es posible y lo que no con atrevimiento y esperanza. Tal vez sea cierto que hasta ahora no era posible que los políticos y políticas fueran del todo sinceros en sus programas electorales, porque la ciudadanía no era capaz de asumir algo así, o porque para mantener la paz se necesitaba grandes dosis de ocultamiento (“la razón de estado”). No voy a perder el tiempo discutiendo eso. Lo que está claro para mí es que tanta sinceridad era impensable después de una larga dictadura que nos dejó en herencia un miedo atroz y miles de injusticias, y luego la clase política no se ha preocupado en promoverla. Pero después de tantos años practicando –en mayor o menor grado- la democracia- y después de ver, por un lado, a dónde nos ha llevado el modelo político-económico imperante basado en el ocultamiento y, por otro, las protestas y alternativas que se mueven en el entorno de nuevas formas de intervención social (como el Foro Social Mundial, colectivos pro soberanía alimentaria, y Anonymous), creo que es el momento de aspirar a un cambio en el estilo de hacer política. Podemos salir del estilo político-comercial y entrar en otro donde se nos hable con sinceridad, se reconozca humildemente los errores y las limitaciones, sin olvidar los avances, y no se nos prive ni del conocimiento de la realidad ni del conocimiento de los planes de los partidos políticos. Los políticos y políticas pueden y deben ofrecernos algo mucho mejor que sus habilidades comerciales: su pensamiento, sus valores, su honestidad, su energía, su pasión.

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Miércoles 29 de marzo de 2017 - 05:13