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La Mariposa de Yegen

Catalina Lara

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La Mariposa de Yegen

En 1904 estrenaba Puccini en Milán su ópera Madama Butterfly, cuya historia de amor, abandono y muerte consiguió cristalizar en hermosas arias y dulces pasajes corales. Seguro que muchas personas la hemos conocido, sufrido y disfrutado con ella. Lo que quizá no tantos conocíamos es que en nuestro país, en el pueblo granadino de Yegen, en la Alpujarra, ocurrió veintitantos años después casi, casi, la misma historia.

Si recordamos el libreto de Madama Butterfly, la acción se situaba en Japón, a principios del siglo XX. Es la época en que el gobierno de los Estados Unidos trata de establecer relaciones comerciales con ese país, y para ello envía delegaciones diplomáticas y militares. En una de ellas va el teniente Pinkerton, hombre de mundo, maduro y con cierto espíritu aventurero. Al llegar, alguien le aconseja que tome una geisha que haga su estancia agradable. Encuentra a Cio-Cio, una joven de 15 años, ingenua, pobre y hermosa. Tras un simulacro de matrimonio, ella, a quien él llamará Butterfly (Mariposa), se le entrega en cuerpo y alma. Cuando termina sus negocios en Japón, Pinkerton la abandona y regresa a su país. Después nace un niño. Butterfly, repudiada por su familia, espera sola el regreso de su amor, cría a su hijo, sueña y canta (Un bonito día veremos/ levantarse un hilillo de humo/ en los confines del mar y después/ veremos aparecer la nave ….).

El Pinkerton de Yegen no era americano, sino inglés. No vino enviado por su gobierno, sino por propia iniciativa: era, o quería ser, hispanista y en España se vivía bien y muy barato. Pero llegó a Yegen igualmente dispuesto a buscar una chica autóctona que le hiciera agradable su estancia. La encontró. Se llamaba Juliana Pelegrina, tenía 15 años y, como Butterfly, era ingenua, pobre, analfabeta y hermosa. Gerald Brenan, ese era su nombre, la sedujo, la llevó a su casa como sirvienta y amante, y la entretuvo con promesas de matrimonio. Un año después la abandonó y dejó el pueblo. En 1931 nació una niña rubia de ojos claros. No sabemos si Juliana cantó bellas canciones criando a su hija y esperando el regreso de su seductor. Sí sabemos que, marginada en el pueblo como madre soltera y amante de un extranjero, volvió a vivir con su familia en la pobreza hasta que la niña tuvo tres años.

En la ópera, Pinkerton vuelve. Aunque no como sueña Butterfly, para vivir con ella y su hijo para siempre. Vuelve con su esposa, americana por supuesto, casado esta vez de verdad, y viene con el único fin de llevarse a su hijo para educarlo adecuadamente en su país. Brenan también volvió. Igual que Pinkerton, con su legítima esposa también americana, y con la misma finalidad: llevarse a su hija para educarla como correspondía a su linaje y posición, con la total aquiescencia de su esposa, que no podía tener hijos propios.

Cio-Cio y Juliana lloraron, suplicaron, de nada sirvió. El padre reclamaba sus derechos y la ley se los concedía. Butterfly no pudo soportar el golpe, se despidió de su hijo y se dio la muerte. Afortunadamente, Juliana decidió vivir en la esperanza de poder reencontrar a su hija algún día. Se trasladó a Granada, se casó, tuvo otros cuatro hijos, y murió en 1979 sin haber podido cumplir su sueño.

La tristísima historia de nuestra Mariposa de Yegen, la vida imitando perversamente al arte, nos la cuenta el periodista Antonio Ramos Espejo en su libro Ciega en Granada, publicado por el Centro Andaluz del Libro. Pero lo curioso es que también nos la contó el propio Brenan en su Memoria personal (1920-1978), como si fuera lo más natural del mundo. Buscando o contando con la complicidad de sus lectores, nos describió con todo lujo de detalles, en el capítulo Un año en Yegen, su estrategia de seducción y la naturaleza de su relación. Bastante más fríamente, unos capítulos después, el momento en que “nos pusimos camino de Inglaterra llevando con nosotros a mi hija Miranda. Era una extraña criaturita, muy retrasada debido a como la habían criado, y todavía demasiado tímida para hablar con nosotros, pero de alguna manera se daba cuenta de que se abría ante ella un futuro mejor y estaba contenta de separarse de su madre, que se ocupaba muy poco de ella, para cambiar de vida”. El relato de Ramos Espejo nos suena sorprendentemente a inédito, porque él nos lo cuenta desde el otro lado, desde las vivencias y recuerdos de Isabel, hermana de Juliana, y ha sabido poner de relieve la nada natural situación de poder de Brenan y de indefensión de Juliana, los 34 años de él y los 15 de ella, la terrible desigualdad social, cultural y moral de su relación y el golpe que le supuso perder a su hija.

Y no podemos dejar de pensar en cuantas mariposas, antes y después de Puccini o de Ramos Espejo, han quemado sus tiernas alas apenas casi sin terminar su eclosión de la crisálida, sin que nadie lo cuente, abrasadas por el deslumbramiento, el abuso, el engaño, el abandono, el desgarro, el dolor.

Catalina Lara es catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Sevilla.

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Miércoles 23 de agosto de 2017 - 14:02