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Mujeres tras las rejas

Mayte Fernández

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Mujeres tras las rejas

“El cielo está llorando,

tristeza …, agua pura que cae.

Rejas…, la prisión…, no me gusta.

Cuánto dolor …, me hago daño, me duele …

Pero soy fuerte, y libre como el viento.

Cómo los pájaros, que pueden hacer lo que quieran y tienen LIBERTAD”.

(Compuesto por una reclusa)

 

Detrás de los muros, tras la alambrada se encuentra otra realidad, otras normas, otra vida, otro concepto del tiempo. Describir lo que ocurre dentro de una cárcel no es fácil, las emociones son fuertes, la burocracia es rígida, el sentido del tiempo es distinto, los móviles no existen, tampoco existe internet, los días de la semana son indiferentes. La jornada finaliza tras la cena, a las 7 de la tarde y el nuevo día se plantea igual al anterior. La monotonía y el aburrimiento son los mayores enemigos.

El acceso no es fácil, los protocolos y permisos tampoco. Tras meses de gestiones las puertas se abren. Los primeros días entras y pasas una y otra vez controles y puertas, siempre tienes que explicar te e identificarte. Los portazos de las puertas metálicas van quedando grabados en tu mente de forma persistente, te introduces más y más en el interior, control tras control.

Por fin accedo al módulo de las mujeres, cada una está a lo suyo, ¿quién eres? ¿A qué vienes? ¿Eres catequista?, qué bolígrafo mas bonito ¿me lo das?, y a mí los pendientes…. Les miro a los ojos, están ausentes, intento acercarme y hablar con ellas. No es fácil, están ausentes, lejos, muy lejos.

Algunas están merendando, apoyada en una mesa veo una mujer triste y ensimismada con una carta entre las manos: “espero al abogado, señorita, de pago, que dicen que es muy bueno, el mejor. Me tiene que sacar de aquí, mis hijos …. (llora) que están con mi suegra…” Me asomo al patio y veo una chica acariciando y abranzando a otra que está llorando y apoyada en su vientre. “Tengo que consolarla señorita, está muy triste, no me puedo ir”.

Es muy difícil, no participan en nada, no te prestaran atención, me comenta el funcionariado.

Pero la verdad no es esa, hemos comprobado que hay que ser fuertes para escucharlas, y también valientes. No es fácil de soportar la carga emocional de cada una de ellas. Al principio el discurso no es acertado, pero las palabras van saliendo, las emociones aflorando: lágrimas, canciones, palmas, metadona, pastillas … todo mezclado. Al poco, comienzo a oírlas:

- “Yo no tengo nada que decir, no soy nadie”

- “Yo no sé lo que soy. Tengo cuerpo de mujer pero me siento un hombre. Creo que eso es malo ¿verdad?”

- “No quiero salir de aquí, ya estoy acostumbrada, no sé lo que haría. Estoy mejor aquí, si salgo fuera caería en las drogas otra vez. Cuando he estado fuera quería que me encerraran”.

- “Mis hijos, me los han quitado, yo tenía que robar para darles de comer, ahora no tengo nada. Me los han quitado”.

- “No puedo llorar, no me salen lágrimas. Hace tiempo que me resulta imposible llorar”.

Las mujeres en los centros penitenciarios representan una minoría, un 8% aproximadamente del total de internos. Muchas están en centros específicos para mujeres otras podría decirse que se trata de un grupo de mujeres ubicadas en el interior de una cárcel de hombres. Suelen ser centros para las preventivas, es decir en el que se alojan antes de cumplir la condena. Algunas están embarazadas, la mayoría tienen hijos. Si estos son menores de 3 años pasan a la unidad de madres, a un centro habilitado para que puedan permanecer con ellos hasta esa edad. Después quedan solas nuevamente. En sus conversaciones la “culpa” con los hijos siempre está presente.

Su nivel cultural es muy bajo, no poseen las destrezas básicas, no tienen estudios, muchas han ejercido la prostitución. Provienen de ambientes y situaciones conflictivas. Los delitos por los que cumplen sus penas suelen ser por robos menores y tráfico de drogas a pequeña escala. Al hablar con ellas, en sus historias, he encontrado episodios frecuentes de violencia de género.

Suelen manifestar su malestar por la falta de actividades y porque tampoco se les prepara ni se les facilitan los instrumentos o técnicas laborales necesarias para poder desempeñar un empleo una vez cumplida la pena. Disponen de pocos programas específicos de rehabilitación o formativos y, por el contrario se suelen reproducir los roles sociales de género relacionados con las tareas domésticas: lavado, limpieza, costura, etc.

Las relaciones entre ellas son complejas, a veces incluso violentas y con constantes faltas de respeto que derivan en una espiral creciente de provocación e incluso en agresiones físicas con resultados muy destructivos. No son frecuentes comportamientos solidarios ni actividades grupales. Muchas de ellas toman medicación: metadona, tranquilizantes y otros medicamentos. Su estima personal es muy baja, podríamos decir que nula, es algo que se hace muy evidente en sus discursos. Las condiciones no son las más idóneas para la reintegración y los espacios son reducidos. La convivencia es complicada.

Pero la realidad en el interior de las cárceles no es muy diferente al exterior. Las mujeres presas también deberían ser objeto de las medidas de acción positiva que se han ido poniendo en marcha en las últimas décadas para alcanzar la igualdad de trato y la no discriminación en todos y cada uno de los ámbitos en el que nos movemos. Es hora de diseñar nuevas propuestas y planes de intervención específicos, con perspectiva de género. Es hora de actuaciones concretas y cambiar esa historia que siempre ha visto a la mujer como “la mala” de la película. Ya es hora de romper y cambiar estereotipos, de modificar ideas preconcebidas y de avanzar sin dar un paso atrás. Es necesario desarrollar nuevos proyectos de intervención en esta línea.

Cuando vuelves al exterior es difícil olvidarlas y desconectar. Los atascos, las prisas, el dinero, nada de esto existe allí dentro ¿dónde he estado?. Pero no podemos olvidar que estas mujeres también forman parte de la sociedad, y las leyes y sus derechos como personas son los mismos que los de cualquier ciudadana. Ya me voy, salgo al exterior, date pisa, llegas tarde, pero miro atrás y el tiempo continúa parado: las veo tomando café alrededor de una mesa, muchas de ellas ensimismadas, esperando que ocurra algo.

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Sábado 19 de agosto de 2017 - 11:06