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VIOLENCIA SEXISTA: UNA CONSECUENCIA DE LA DICTADURA SEXUAL

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VIOLENCIA SEXISTA: UNA CONSECUENCIA DE LA DICTADURA SEXUAL

La violencia entre los seres humanos ha alcanzo un cariz tal que se ha convertido en "norma" de funcionamiento para resolver cualquier tipo de conflicto, sea personal o colectivo

  Vivimos en una sociedad donde las personas todavía no han encontrado fórmulas para convivir con criterios éticos de desarrollo humano que eliminen los comportamientos de imposición, ataque, destructividad, es decir, de violencia, como forma de relacionarse, sino que por el contrario, de múltiples maneras son invitadas a vivir defendiéndose por medio de la violencia.   La práctica de la violencia entre los humanos, adquiere unas características y un uso tan habitual, que hemos llegado a normalizarla como instrumento de resolución de conflictos, tanto a nivel personal como colectivo.   Cuando se trata de relaciones entre personas, jerarquizadas por motivos de étnia, pertenencia a un pueblo, clase económica, edad, sexo o cualquier otro motivo, el colectivo socialmente preponderante se convierte en el iniciador, mantenedor y más poderoso ejecutor de violencia, porque la necesita como instrumento para mantener su estatus de dominación y para controlar a quienes quedaron como colectivos sociales subordinados.   Es el caso del «grupo social o clase sexual mujer». Los hombres, incluso los que en otras jerarquizaciones son discriminados por estar en un colectivo subordinado, por ejemplo, por ser jóvenes, de étnia gitana, emigrantes, de un pueblo oprimido, trabajadores explotados…, respecto a las mujeres como grupo social, pertenecen al grupo predominante, que como tal, es el principal mantenedor de la situación actual de violencia contra las mujeres.   Esto explica, que podamos hablar de «violencia sexista». Y podamos, desde el reconocimiento de que existe aún hoy esta dictadura sexual, salir al paso de tanta ambigüedad al hablar de este problema social, como violencia «de género», «doméstica», «entre sexos», «de los hombres y mujeres», «violencia que deriva de la infancia vivida por los hombres», «violencia de unos pocos, enfermos, drogadictos…», y frenar el intento de desdibujar el tema, descafeinarlo, neutralizarlo, despolitizarlo, nombrándolo con eufemismos y no, como una consecuencia de la dictadura sexual.   Sólo en el marco de esta dictadura se puede explicar la «cultura de impunidad» respecto a los hombres maltratadores y la «cultura de criminalización» respecto a las mujeres maltratadas, y las complicidades, de instituciones religiosas, sociales, políticas, universitarias, culturales, judiciales…   Consideramos que cuando se da el maltrato físico, la humillación psicológica, la agresión sexual, la violación, el asesinato, la discriminación en la Historia, en la ciencia, en el lenguaje, en el trabajo, en el ocio… hay que tener bien claro, quiénes son los agresores y quiénes las víctimas y dejarse de sospechosas neutralidades, dudas, confusiones, ignorancias, encubrimientos…, como nos están mostrando algunos Medios de Comunicación, la Academia, el sistema educativo, ciertas Instituciones, ciertos sectores de hombres y de mujeres. Sectores que tienen, todos ellos, responsabilidades propias en que siga existiendo la violencia sexista en grados tan elevados y graves.   No es la hora de vacilaciones y ambigüedades, es la hora de las SOLUCIONES.   Es urgente la puesta en práctica de medidas muy concretas, realizada conjuntamente por parte de la familia, los centros escolares, el sistema sanitario, judicial, por los medios de comunicación, partidos políticos, ONGs, por las organizaciones feministas, asociaciones de mujeres, mujeres a nivel individual y por los hombres.   Las mujeres tenemos un camino claro y elemental, la organización como clase sexual, para conseguir los cambios sociales que hagan posible la solución de este problema y la convivencia de hombres y mujeres en condiciones igualitarias.   Los hombres, han de empezar por nombrar la jerarquización de los hombres sobre las mujeres, como una injusticia social, por romper la complicidad con la situación de maltrato habitual a las mujeres y denunciarlo en su entorno. Tendrán que hacer el boicot a compañeros y amigos, cuando se enteren de que son maltratadores. Dejar de demandar mujeres prostituidas desde su miseria y explotación económica. Criticar a los puteros. Dejar de sentirse dueños del cuerpo de las mujeres y compartir la sexualidad con ellas. Compartir también las responsabilidades de la vida familiar por la que hayan optado y los privilegios económicos, laborales y políticos que se les ha concedido por haber nacido hombres.   Fdo. Mª Jose Urruzola Zabalza Presidenta del Partido Feminista

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Lunes 25 de septiembre de 2017 - 06:24