Le hablé de su destino y mi destino, amasijo fatal de sangre y lágrimas.
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GABRIELA MISTRAL: Maestra, poetisa… Dos quehaceres refundidos en esencia

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GABRIELA MISTRAL: Maestra, poetisa… Dos quehaceres refundidos en esencia

Han transcurrido seis décadas desde aquel radiante y frío mes de diciembre de 1945 cuando, por primera vez, una mujer y escritora de América Latina recibe el Nóbel de Literatura. La elección había sido más que justa.

  En la "loca geografía" de Chile, hay un laberinto que los geógrafos denominan "zona de Valles Transversales" y que la gente chilena lo llama "el Norte Chico". El clima es seco; raramente la lluvia llega a engrosar las corrientes.   Las gentes que allí habitan son ásperos montañeses que la orografía no ha logrado sedentarizar. Por senderos de cabras trajinan sobre los lomos de los cordones andinos, suben y bajan sin cansarse, sus almas y sus pies son inquietos. Desafían soles, vientos, alturas y precipicios con naturas y simple afán de sobrevivir.   Allí, en ese trozo de Chile Nació Gabriela Mistral.   A orillas del río Elqui se levanta la pretenciosa aldea de Vicuña –pretenciosa por su anhelo de ser ciudad. Allí llegó la madre preñada a esperar, en casa de unos amigos, el alumbramiento. Venía de la montaña arrastrando su digna pobreza y escoltada por un marido huidizo y fantasioso. La incógnita del mañana era su espinosa persecución.   En un cuarto de adobe cercado por la sombra de los almendros, nació un 7 de Abril de 1889 Lucila Godoy Alcayata. Su padre Jerónimo Godoy era maestro primario, la madre Petronila Alcayata, campesina. Como el maestro no tenía trabajo, decidieron viajar a Vicuña y esperar allí el nacimiento. Pero poco tiempo después, el padre, alma nada sedentaria desapareció del hogar en busca de mejores perspectivas. Era aventurero, alegre y despreocupado. Sus ausencias podían durar meses o años. Un día partió para no volver. Sin embargo la madre supo bastarse a sí misma y en medio de una pobreza sobrellevada con decencia y valentía, supo sacar a su prole adelante. Envuelta en humildes ropas y aprisionada por una timidez casi enfermiza, Lucila asistió a la escuela primaria. Jamás encajó en la fría disciplina escolar en la que sufrió los primeros golpes que toda sociedad miope e insensible ensarta contra los débiles. Pero dentro de ella trajinaban el orgullo y la sensibilidad propios de los seres extraordinarios.   Finaliza la primaria y la madre trata por todos los medios que Lucila continúe estudiando. Su solicitud de ingreso para entrar en la escuela normal e la Serena es rechazada. Sin embargo, la férrea tenacidad de Lucila logra que ésta alcance el cargo de ayudante en la escuela primaria de un pueblo cercano a la Serena. Y así, dentro de un ambiente rural, comienza Lucila su carrera pedagógica en 1905. Tres años después, pasaría a trabajar al Liceo de niños de la Serena.   Tiene 17 años y Lucila se enamora por primera vez. El misterioso idilio fue el motivo que Lucila Godoy necesitaba para encontrar la raíz profunda de su canto. "Una canción es una herida de amor que nos abrieron las cosas", diría más tarde definiendo el arte. El se llamaba Rogelio Ureta y era empleado del ferrocarril local. La tímida muchacha que se mostraba un porco torpe de palabras en su presencia, optaba por escribir versos:  Me habló compulsivamente;   le hablé, rotas, cortadas  de plenitud, tribulación y angustia,  las confusas palabras.  Le hablé de su destino y mi destino,  amasijo fatal de sangre y lágrimas.   El romance fue interrumpido por una tragedia de origen económico: para ayudar a un amigo Rogelio Ureta tomó dinero de la empresa, pensando que éste se lo devolvería antes de que la compañía notara la substracción. Pero el amigo no cumplió y Ureta, al verse perdido, se suicidó. En un bolsillo se le halló una tarjeta postal con el nombre de Lucila Godoy. De este trágico episodio nacieron los versos que llevaron a Lucila al escenario de la poesía.   Había nacido Gabriela Mistral. Pero aún tendría que pasar algún tiempo antes de que el mundo escuchara este nombre  En busca de otros ocasos, otros amaneceres   Lucila Godoy comenzó a desplazarse por el largo sendero nacional. Pasó a la secundaria al ser nombrada, en 1910 profesora de higiene del Liceo de Traiguén. Más tarde la trasladarían al Liceo de Antofagasta y en 1912 la encontramos en el Liceo de Los Andes, donde escribió la mayor parte de "desolación". Y es en Los Andes, donde Gabriela encuentra a dos personas que serán muy importantes y queridas: Laura Rodig y Pedro Aguirre Cerda. Comenta Laura Rodig: "Conocí a Gabriela en mi pueblo, Los Andes. Yo no sabía quién era Gabriela, metida en el mundo de mis esculturas, no estaba al tanto de otros movimientos artísticos. Asocié el nombre de Gabriela Mistral a otra época, a otro país. Fue una amiga mía quién me dijo que Gabriela era chilena y que además se encontraba viviendo bajo mi mismo cielo. Más aún, que era maestra en el mismo pueblo. Cuando nos vimos fue como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Y ya no nos separamos por muchos años. Ella fue la familia que yo no tenía. Y yo, un poco la suya".   Gabriela dedicó la primera edición de "Desolación" a don Pedro Aguirre Cerda y a la señora doña Juana A. de Aguirre "a quien debo la hora de paz que vivo".   En los Juegos Florales organizados en Santiago en 1914 se premiaron sus Sonetos de la Muerte. Gabriela presenció su propio triunfo oculta entre los espectadores de las galerías populares. Según cuenta la leyenda, Gabriela no se presentó a leer sus propios versos porque "no tenía cómo hacerlos en forma digna". Los Sonetos de la Muerte fueron premiados con la Flor de Oro otorgada por la municipalidad de Santiago.   Pero los mastines de la envidia y la calumnia ladran a la mujer provinciana: se oyen aullidos cuando la universidad de Chile le da títulos sin haberla contado como alumna; cuando publica su poema a las Madres dice que si ha podido describir con exactitud el embarazo y el alumbramiento, tenía que haber pasado por la experiencia y que tendría oculto el fruto de escondidos amores… La persiguieron con palabras ofensivas y la menospreciaron con gestos altaneros. Ella siguió su ruta con aquel rostro sereno, con aquel mirar transparente que iba a posarse más allá de las bajezas humanas. Sus andares eran de reina pero las lágrimas le debían gotear por dentro.   Corría el año 1921 cuando el profesor Federico de Onís dio una serie de conferencias sobre la poesía de Gabriela Mistral en Nueva York. El entusiasmo de los alumnos de español fue tal que decidieron publicar en un libro los versos dispersos de la poetisa: así pues apareció su primera obra "Desolación". Al año siguiente le llegaría la invitación del Ministerio de Educación de México para visitar el país. Gabriela sale por primera vez de Chile, y México la recibe como a una reina. Su despedida, dos años más tarde, revistió, los caracteres de acontecimientos de su llegada: cuatro mil niñas bailaron y cantaron sus rondas. Una escuela recibió su nombre y el escultor Asunsolo fijó en el mármol su rictus de tristeza infinita. Gabriela partió a Europa con muchas lágrimas, muchas flores y pañuelos agitados.   También visitó los Estados Unidos y dio conferencias en varias universidades. En 1925 regresa a Chile, pero ya había comenzado a mirársele como extranjera: la solemnidad de su paso por el mundo despertaba en muchos sospechas o desconfianza. Eran pocos quienes la entendían y sin embargo ya se le habían abierto los círculos literarios. Ella ya sabe lo que quiere; entiende que su labor literaria es americana y que llegará a ser universal.   De nuevo vuelve a Europa, a Estados Unidos, visita Las Antilla y Centro América. Aquí ella se siente alegre y su ánimo se eleva a las alturas. Sus versos cantarán a los soles, a las lagunas, a los árboles, a la brisa y a las olas del paisaje tropical.   Tenía Gabriela 43 años cuando inicia su carrera consular: fue nombrada cónsul particular de libre elección. Comienza sus funciones en Génova, pero no las ejerce al declarar su posición antifascista. En el mes de julio de 1933 se traslada a Madrid donde ejercerá como cónsul hasta 1935; de allí pasará a Lisboa. También desempeñará las funciones de cónsul en Guatemala, Brasil, Niza… En 1938 realiza una gira rápida por los países de Sudamérica. En buenos Aires fue huésped de Victoria Ocampo, directora de la editorial "Sur", que publicó su volumen de versos "Tala". El producto de la edición fue destinado a los huérfanos de la Guerra Civil Española. El tema central recuerda el de los "Sonetos de la Muerte".  El suelo abandonado es una expresión de barbarie; el campo verde revela mejor que una literatura a los pueblos   Se encontraba Gabriela trabajando en Petrópolis, Brasil, cuando le llega una sorprendente noticia: le habían otorgado el premio Nóbel de literatura, corría el año 1945. Este hecho, capaz de trastornar al más centrado, no logra conmover a Gabriela. No era persona que se envaneciera por los éxitos, y nunca elogio alguno le sacó de su actitud humilde. Ante el rey de Suecia y la constelación de celebridades apareció la maestra rural que con sencilla entonación dijo: "Hoy Suecia se vuelve hacia la lejana América Íbera para honrarla en uno de los muchos trabajadores de su cultura. El espíritu universalista de Alfredo Nóbel estaría contento de incluir en el radio de su obra protectora de la vida cultura, al hemisferio sur del continente americano, tampoco tan mal conocido…"   Gabriela contaba 56 años y era la quinta vez que dicho premio se concedía a una mujer y la primera que recaía en la América del Sur.   En 1951 Gabriela Mistral recibía, tardíamente, el Premio Nacional de Literatura Chileno. Los jurados encargados de otorgarlo pensaron que él carecía de importancia para la autora, después de contar ella con el Nóbel. Transposición irracional que muestra la realidad sobrecogedora de que Gabriela, expresión del pueblo de Chile, fue siempre la gran incomprendida. Pero por encima de todo, Gabriela ama a su tierra, a sus gentes: "las patrias genuinas, las patrias reales, son para mí esas: el radio entero que cubrió mi infancia en el valle cordillerano de Chile". Y escribe para aquellos que la tachan de renegada,   En montañas me crié  con tres docenas alzadas.  parece que nunca, nunca,  aunque me escuche la marca,   las perdí, ni cuando ese día  ni cuando esa noche estrellada,  ni aunque me vea en las fuentes  la cabellera nevada,  las dejé ni me dejaron como a  hija trascordada  y aunque me digan el mote  de ausente y de renegada,  me las tuve y me las tengo  todavía, todavía  y me sigue su mirada.   El chilenismo de la Mistral, y por ende su americanismo, está latente a lo largo de su vida, de sus versos, de sus cartas… Poseen un sello que fija, en un solo bloque, la leyenda de América y los azares de una patética modulación de la historia. Confía en una verdad, la que les habrá de llevar a quitar lo adventicio, alabeando la materia propia que no excluye el esfuerzo de poner, línea a línea, el anhelo básico, ese que viene de la voluntad. Aboga por la unidad de los americanos, y dicen que deben unirse por dos cosas estupendas: "la lengua que Dios nos ha dado y el dolor que da el Norte". Señala que no se trata de convertir al yanqui en el objeto del odio o en la metáfora de la rapacidad, "él nos está venciendo y arrollando por culpa nuestra, por nuestra languidez tórrida, por nuestro fatalismo indio. Somos muy vulnerables a su clavo e acero y de oro, y él remata el golpe, uno tras otro, poniéndonos en el camino de su voluntad, en la ruta de la opulencia que nos irrita". Se pregunta si los yanquis tienen la culpa por todo cuanto pierden en existencia y en destino. Piensa que no "fuimos nosotros quienes ensoberbecimos con nuestra inercia al yanqui, creando con nuestra pereza su opulencia. Además, nos perdemos discutiendo sin fin mientras él HACE, ejecuta; nos despedazamos mientras él se oprime como una carne joven, se hace duro y formidable, suelda de vínculos sus estados de mar a mar; hablamos, alegamos, mientras él siembra, funde, asierra, labra, multiplica, forja, crea con fuego, tierra, aire, agua; crea minuto a minuto, educa en su propia fe y se hace por esa fe divino e invencible".   No quería que le arrebatasen sus tierras, tampoco a sus gentes. Por ello, a mediados de la década de los treinta la realidad política lleva a Gabriela a apostrofar al yanqui, a denunciar su política, a defender un símbolo, el de Sandino resistiendo con el fin de postergar la entrega del territorio rebelde, "a fin de que se vea hasta donde llega la crueldad norteamericana, hija de la lujuria de poseer".   A este respecto insiste con obstinación exacerbada en que no se debe dejar que la tierra cambie de mano y se vuelva extranjera. "Mientras la tierra es nuestra, existen todas las posibilidades, porque la creación tiene donde asentar los pies. Que la administración sea mala en tal época, no importa; se mejorará. Que la educación ande a tumbos, importa más, pero se puede fortalecer en la primera ocasión. Que el servicio social no baste, tampoco es cosa de muerte: se ira volviendo suficiente. Pero venga la pérdida del suelo; cambie de dueño la mina que alimenta a una ciudad; pasen definitivamente el cafetal y los cafetales a manos ajenas; váyasenos el depósito de salitre de nuestro poder; en una palabra, córrasenos de las plantas el territorio como una bandeja, y se han acabado, con la realidad de la tierra defectuosa, pero susceptible de orden, todas las posibilidades de hacerla perfecta".   Jorge Mañacha, director de la sección de estudios americanos de la Columbia University de Nueva York dice de Gabriela Mistral: "es uno de los clásicos vivos de América. Pero es todavía mucho más: por la conjunción de raza y tierra que en toda ella hay, por su memoria y su esperanza; por su sensibilidad para las inquietudes más entrañables y más universales de estas patrias nuevas; hasta por su mismo semblante material, de talla heroica y dulce fatiga, es como una encarnación viviente del alma hispánica continental. Toda la tierra americana se ha hecho también espíritu en ella".   Gabriela visitó Chile por última vez en 1954. Fue recibida con todos los honores que corresponden a un premio Nóbel. Ella respondió con suave sonrisa de abuela que viene a conocer a unos nietos lejanos. Vuelve a Estados Unidos y muere en Long Island en enero de 1957. Nació como una guardiana de la vida y como socia natural de todos los negocios vitales. Nada de lo humano le fue ajeno, porque, desde temprano, descubrió como asunto de honra y de temporalidad y eternidad, la concordia entre el ser del hombre y el ejercicio de su menester en el mundo. No pudo separar el hacer del ser y el ser del hacer.  Fdo: M.D.Noserra

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Jueves 25 de mayo de 2017 - 12:46