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VIAJERAS SOLITARIAS

Fusil en bandolera, salacot y a lomos de una mula -a veces de un camello- han representado al legendario explorador que, atrevido y osado recorría el mundo en busca de nuevas fronteras y aventuras excitantes. Pero, ¿y la imagen de la también temeraria aventurera? Difusa, prácticamente omitida.

  La historia no ha sido nada generosa con las mujeres y la investigación está resultando ser una tarea ardua. No obstante, hurgando unas aquí y otras acullá… el trabajo está dando su fruto y motivos para el optimismo –que falta nos hace. Cada vez aparece más información sobre la historia de las mujeres, sobre las mujeres en la historia.  Encontrar las huellas de las primeras exploradoras resultó una tarea tan fragosa para las primeras investigadoras como para las viajeras realizarla. Las indagaciones mostraban que, a pesar de descubrir que se habían publicado algunos relatos sobre estas intrépidas mujeres pocas veces se habían reeditado, y casi nunca traducidos. Que en la mayoría de los casos son pésimos testimonios ya que sus autores se interesan más en probar sus virtudes que en contar sus hazañas.   Afortunadamente, la historia de estas valientes y excepcionales mujeres comienza a ser rescatada de entre los sótanos de las enmohecidas bibliotecas y en la mayoría de los casos -por no decir en su totalidad- son mujeres quienes han sacado del letargo involuntario a estas aventureras carentes de reconocimiento. Sus descubrimientos, aportaciones científicas y políticas, antropológicas, geológicas, humanitarias... en nada tienen que envidiar al legendario personaje del antiguo explorador. Y así, de la mano de estas rescatadoras nos adentramos en el fascinante mundo de nuestras pioneras.   Mary Jane Grant Seacole, nace en Jamaica en 1805. Su madre era jamaicana, su padre escocés. La sociedad victoriana inglesa le haría notar, en más de una ocasión, su calidad de denegrida que Mary pasará por alto al ser su interés por la aventura y el patriotismo superior a las humillaciones recibidas. Su labor humanística y su arrojo serán reconocidos por toda Inglaterra al término de la Guerra de Crimea. A la edad de dieciocho años hace su primer viaje a la capital británica, a la que retornará en repetidas ocasiones.   Al margen de ser una mujer aventurera e intrépida, demostró tener grandes dotes para los negocios; también ejerció la medicina en los países que visitaba. Sus éxitos, que fueron múltiples, le proporcionaron una sólida reputación así como el apodo de la doctora amarilla, al haber tenido la gran fortuna de combatir el cólera.   Antes de contraer matrimonio, a la edad de 29 años, recorre las Bahamas, Cuba y Haití. Enviuda cinco años después y, en 1850, emprende de nuevo viaje; esta vez rumbo a las Américas: Panamá. Colón era la capital de la fiebre, la muerte rondaba por todas partes y el destino de Mary le llevaría a enfrentarse, una vez más, con el cólera. Corría este mismo año de 1850 cuando Mary Seacole realizó la autopsia a un niño muerto por este virus. Mary se convirtió en el pilar de aquel lugar.   Su nueva etapa de peregrinaciones la lleva a Gorgona, cerca de la costa Atlántica y aquí probará fortuna como buscadora de oro pero, después de un tiempo, desvía su mirada hacia otros horizontes; está a punto de cumplir cincuenta años. Mil ochocientos cincuenta y cuatro e Inglaterra ha empezado una guerra. En septiembre de ese mismo año decide regresar a Londres con la intención de ponerse a las órdenes del War Office. En febrero de 1885 llega por fin a Balaklava, un puerto situado a diez kilómetros de Sebastopol. Bajo las murallas de esta ciudad portuaria, la señora Seacole siente que la flor y nata del imperio británico está a sus pies. Había sido un honor duro y lealmente obtenido: al primer cañonazo se colocaba el botiquín en bandolera, corría hacía las trincheras y no las abandonaba hasta que el último herido hubiera sido retirado. Finalizada la guerra Mary se embarca en otra aventura. Ya ha pasado la cincuentena y decide convertirse en escritora. Mary Jane Grant Seacole pasaría los últimos años de su azarosa vida entre Jamaica e Inglaterra; 1881 fue el año de su muerte.   Si temeraria fue la andadura de Mary Seacole, la de May Sheldon no lo fue menos. Alcanzó el sobrenombre de reina blanca del Kilimandjaro. Nació en 1855 y era hija de un coronel sureño que amaba las matemáticas y de una célebre doctora que dedicó toda su vida a la electroterapia. May dio la primera vuelta al mundo con sus padres a la temprana edad de dieciséis años. Sus primeros lustros de adulta los consagraría al estudio de las lenguas clásicas; le importaba la historia de México. Luego estudiaría geología y medicina, y obtuvo un diploma. De espíritu curioso y enciclopédico se interesaba por las exploraciones y en 1891 preparó y emprendió su primera expedición a África. Su marido -llevaba casada siete años- sabía que hubiera sido inútil contradecirla. May se hubiera marchado igualmente.   Todo un arsenal burocrático trató de impedir esta expedición: el hecho de ser mujer era por si sólo una afrenta. Pero su fuerza de voluntad y su tesonería no conocían trabas ni negativas; la expedición de la excéntrica americana sólo suscitaba burlas e ira. Sin embargo, May Sheldon demostraría tener más voluntad que la mayoría de sus "amigos".   El viaje a través de las pistas y montañas indígenas que la llevarían hacia el Kilimandjaro duró todo un año. En el mismo se enfrentó a sublevaciones de sus porteadores; a tribus salvajes como los masais o los digos; a leones, mosquitos, hormigas venenosas y pulgas... Y también, por supuesto, al fango y al polvo, al calor y al frío.   Aparecen los primeros enfermos: algunos tienen fiebres, otros las piernas hinchadas y cubiertas de úlceras pero May sólo pierde a uno de sus hombres lo que constituye una auténtica proeza. La misma May se fractura la espalda al caer contra una roca; la disentería y la fiebre se suman a la fractura. Cuando llega a Nápoles parece un fantasma.   Publicó su primer libro De sultán a sultán que apareció en agosto de 1892, menos de seis meses después de su regreso. En 1894, más libre ahora de lo que desearía (se había quedado viuda), May regresó a África. También aceptó la propuesta del rey de los belgas de estudiar las poblaciones del Congo. En 1914, al estallar la guerra, se dedicó a la recolección de fondos para la Cruz Roja belga. Después de haber escapado de los masais, de las pitones, de los leones, de la fiebre del río Mkosambi, la reina blanca del Kilimandjaro, muere de vieja a la edad de setenta y ocho años.  Y tantas otras...   Realmente, aunque resulte curioso, ni la doctora amarilla, ni May Sheldon fueron las únicas viajeras intrépidas. De archivo en archivo, de biblioteca en biblioteca, un nombre remite a otro, y a otro destino. Isabella Bird, mujer frágil y enfermiza, al cabo de sus cuarenta años embarca hacia Australia; corría el año 1872. Flora Tristán, 1803-1844, tras un matrimonio tormentoso abandona el hogar y recorre Europa de 1825 a 1830; después visitará Perú.   Casi medio siglo antes de que Isabelle Eberhard fuera engullida por el fango en Ain-Sefra (Sahara argelino), Alexandrine Tinne (Alexine) ponía su vida en manos de Los Tuareg. Alexine nace en La Haya en 1835; antes de llegar a los dieciocho ya había recorrido prácticamente Europa. Jamás una persona europea se aventuró por el Sahara con su propio ejército. Las pocas que habían conseguido penetrar en la extensión misteriosa que separa África blanca del África negra lo habían hecho disfrazadas de beduinos o protegidas por la amistad de algún nómada. Alexine no teme mostrar la palidez de su piel ni la finura de su talle. Trata de llegar a las fuentes del Nilo, recorre el Mediterráneo en Yate para luego terminar adentrándose en las profundidades del desierto. Muere a manos de Los Tuareg, en el suelo ardiente del corazón de África.   Kate Marsden pasó meses estudiando las condiciones de vida de los leprosos en Siberia. Fue testigo de los horrores que la lepra causaba mientras ejercía de enfermera en la guerra Turco-Rusa de 1870. Pero no conforme con lo que allí presenció, en 1890, con el beneplácito de la reina Victoria, de la princesa Alexandra y la emperatriz de Rusia y la bendición de Florence Nightingale partió hacia el lejano Yukutia, en el noroeste de la región de Siberia en busca de una reputada hierba medicinal que se suponía curaba la lepra, y también para ver cómo podía ayudar a las personas afectadas de esta enfermedad que se encontraban dispersas en aquella inmensidad forestal.   Viajó en trineo, a caballo… nada le impidió echar una mano a aquellas gentes necesitadas. También consiguió ayuda económica, enfermeras, monjas… para el hospital planeado de leprosos en Viluisk; permaneció dos años con los leprosos siberianos, de 1890 a 1892. Escribió un libro contando su experiencia en Rusia, dio conferencias en Europa, y EE.UU y los fondos recaudados los destinó al hospital de leprosos. Kate Marsden fue un personaje controvertido que levantó mucha polémica y envidias; ¡hasta la tildaron de espía!..., por sus años en Rusia. Las investigaciones no aclaran si Kate trajo consigo la famosa hierba a Londres. Murió en 1931.   Marianne North, que empezó su carrera de viajera a la edad de treinta y nueve años, recorrió los cinco continentes. Corría el año 1871 cuando la señora North emprendió su primer gran viaje. Había decidido hacer su aportación a la ciencia: su enorme herbario, pintado con verdadero método y precisión, sería la admiración del propio Darwin. Visitó los cinco continentes colocando meticulosamente el nombre de cada planta que pintaba. Casi ninguna región, salvo las más inhóspitas, escapó de su pincel. Sus lienzos siguen siendo admirados en la North Gallery del Kew Garden, en Londres.   La vida de Hannah Snell está rodeada de exóticas y misteriosas leyendas y en la documentación hay alguna que otra contradicción. Sea como fuere, lo que sí afirma es que fue una mujer muy "diferente" para la época: nació en 1723 en Worcester, Inglaterra. Se va con su hermana a vivir a Londres donde contrae matrimonio, se casa y se queda embarazada pero el niño muere y más tarde es abandonada por su marido.   Con diecinueve años se alistó en el General Guise’s Regiment, y en 1745 se une a la Royal Marine; claro está, totalmente disfrazada de varón. Dos años después, en la batalla de Pondicherry, India, se distinguió, durante el sitio, por su valor y coraje; hay documentos que atestiguan que fue herida doce veces y, suponemos, que todas las curas se las hizo ella misma para no descubrir el engaño. Su secreto permaneció intacto hasta 1950, –sus compañeros se quedaron patidifusos- año que regresa a Inglaterra para ser licenciada con todos los honores. Claro está, se convirtió en una celebridad. Pidió al Duque de Cumberland apoyo económico y, al tiempo, consiguió una pensión de por vida. Se volvió a casar (dos veces) y tuvo dos hijos.   Hay documentos de otras "navegantes" como Mary Lacy, que nació en 1740, en Wickham, Inglaterra y también con diecinueve años, totalmente disfrazada de hombre, huyó de su casa y se alisto en la Royal Navy como ayudante de "carpintero de navío". Tan sólo sus amantes –que fueron de ambos sexos- compartieron su secreto. En 1771 abandonó la Armada por problemas de reumatismo y se jubiló con una pensión de 20 libras, ya con su verdadero nombre. No se sabe realmente el año de su muerte que tuvo que ser después de 1773.   El 1 de abril de 1853, Mary Ann Brown se casa con el capitán Joshua Adams Patten, contaba dieciséis años. Casi un año después la joven Mary Anne decide embarcar con su marido –cosa muy poco corriente en aquella época- en el Neptuno con destino a San Francisco. En este viaje Mary Anne aprende muchas técnicas marinas. El siguiente año, 1856, vuelve a acompañar a su marido: esta vez el viaje es más largo: Londres. Los avatares de aquel viaje fueron numerosos y al final, debido a una grave enfermedad de su marido, tuvo que tomar el mando del buque al pasar el Cabo de Hornos: Mary estaba embarazada, el primer oficial tuvo que ser revelado porque se había dormido varias veces estando al mando, éste casi consigue amotinar a los marineros, vientos fuertes… Pero Mary pudo con todo y llevo el buque a buen puerto. ¡No se había cambiado de ropa en cincuenta días! En marzo de 1957 tuvo un bebé, cuatro meses más tarde moría su marido. Mary Ann murió de tuberculosis en 1981. Contaba 24 años.   Anne Isabelle Noel, nieta de Lord Byron, fue la primera mujer que visitó Hä'il en Nayd; Mary Watson logró escapar de unos aborígenes antropófagos, Annie Taylor decidió ser la primera mujer en evangelizar el Tíbet (su trabajo como gobernanta en la corte del soberano Chulalongkorn inspiró la película El rey y yo). Emily Innes, Ida Pffeifer, Carla Serena, Gertrude Bell, las españolas Catalina de Erauso, Sofía Casanova, Emilia Pardo Bazón, María Lejárraga o la monja Egeria, mujer gallega que a finales del siglo IV o principios de V escribía a unas lejanas señoras y hermanas que habían quedado en la patria común las tribulaciones de su largo viaje: había llegado a los lugares bíblicos y siendo una mujer cultivada contaba a sus hermanas a través de sus muy numerosas epístolas todo cuanto iba observado en su camino: viaja a Egipto, Sinaí, Mesopotamia…   De hecho, fueron muchas las que abandonaron sus hogares a la búsqueda de nuevos horizontes, nuevas sensaciones, nuevos aprendizajes... nuevas personas. Todas ellas fueron muy diferentes entre si pero todas tenían algo en común: fueron mujeres extraordinarias. Relatar las aventuras de estas mujeres es un gran antídoto contra el Alzheimer social. 

Texto : D.M. Noserra 

Bibliografía:

Laminan de sables, Roberto, Laude Maraca, Argel 1934

The sastre as merca as Crimean War Nurses, Gillgannon, M.M. University of Notre Dame, 1962

Pens and Petticoats, Beasley, M.H., University of George Washington, 1974

No land too remote:Women Travellers in Georgia age 1750-1830, Meyer, P.J.B., University os Massachusetts, 1975

The secret life of a female Marine, 1723-1792, Stephens, M.

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Lunes 18 de diciembre de 2017 - 04:26