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La cultura también manipula los instintos básicos El amor no es un milagro (segunda parte)

La autora de este artículo pretende divulgar una teoría argumentada sobre hipótesis razonables que considera pueden ayudarnos a desmitificar y comprender aspectos controvertidos de la existencia.

Parece que científicamente se puede afirmar que el amor humano depende de los niveles de sustancias químicas tales como la dopamina, neropinefrina y serotonina. A su vez la dopamina interviene en los niveles de testosterona que es la hormona responsable del deseo sexual en ambos sexos. Y en los sentimientos de apego de la pareja animal o humana intervienen hormonas tales como la oxitocina y la vasopresina. Así que científicamente se puede concluir que la química de la reproducción se organiza con impulsos que activan la conducta hacia la satisfacción de esa necesidad biológica. Los genes desatan la química del estímulo y la posterior respuesta sexual, controlan los ciclos hormonales y alteran el metabolismo para reproducirse. Lo curioso es que las mismas sustancias químicas que activan el celo en los mamíferos desencadenan el amor entre humanos, es decir, en el enamoramiento perduran trazas de celo por no decir que es un celo culturizado. La química del amor entre los individuos no es más que respuestas mutuas a impulsos innatos que provocan determinados comportamientos con objetivo predeterminado: el coito, la reproducción. El enamoramiento de la pareja refleja un celo prolongado que atrae a las partes por un periodo determinado de tiempo donde se contempla la gestación y crianza de la descendencia y que garantiza unos plazos de fuerte atracción sexual que van hasta los dos años, y otros tantos de atenuación amorosa por término medio, curiosamente aquellos mismos cuatro años que nuestras antepasadas establecieron entre celos, entre un embarazo y otro.

La mujer no sólo está receptiva a la cópula en el momento de la ovulación cuando es más fértil y por tanto probable el embarazo, aunque algunos estudios relacionen este momento con una libido alta, si no que puede mantener contacto sexual en cualquier momento del ciclo, sin embargo es todavía el enamoramiento el mayor desencadenante del deseo sexual femenino, es decir la atracción irracional hacia un hombre concreto que el criterio su psique considera apto incluso contra la razón, en la mujer desencadena un proceso hormonal destinado a favorecer el contacto.

Si partimos de la base de que los machos de los mamíferos están siempre o casi siempre dispuestos a la cópula y es la hembra la que marca los ritmos coitales mediante el celo, de igual manera que está comprobado que se activan las mismas sustancias químicas en el celo de los mamíferos que en el deseo sexual humano, la diferencia estriba en que en el caso de los machos incluyendo al varón, estas sustancias están activadas de continuo o en disposición de estarlo inmediatamente y en el de la hembra aparecen periódicamente con el celo y en las mujeres con el enamoramiento. Por lo tanto se podría afirmar que el amor humano es un encelamiento que se prolonga en el tiempo a fin de sacar adelante la prole. De esta conclusión se pudieran desprender varias lecturas: si la naturaleza encontró una fórmula eficaz en la pareja primigenia que da como resultado la sustitución del periodo concreto de celo, cada dos o tres años como nuestros parientes cercanos en que la hembra está receptiva, por la "prolongación" del mismo a fin de retener al macho con objeto de sacar adelante la descendencia, es lógico que la fórmula hubiese llegado a nuestros días fijada genéticamente y también que la fisiología femenina respondiera con ovulaciones continuas al activarse las hormonas destinadas al contacto sexual frecuente demandado por el hombre.

Así el comportamiento de los hombres civilizados se encamina a despertar mediante la seducción y el cortejo el amor en las mujeres para tener asegurado el contacto sexual que es el objetivo biológico de los machos, pero su pulsión aún no está completamente controlada, la perpetua y arcaica violación a la que sometió a la hembra a lo largo de la historia continúa activada o cuanto menos latente. Por otro lado, sin embargo está el objetivo programado en la genética de las mujeres, que es la retención del hombre para que garantice su supervivencia y la de los descendientes: Al día de hoy, el conflicto que se deriva de estas expectativas diferentes es obvio.

Las mismas sustancias químicas que activan el celo en los mamíferos desencadenan el amor entre humanos, es decir, en el enamoramiento perduran trazas de celo por no decir que es un celo culturizado

En este orden de

cosas, la familia sigue

siendo la institución

básica dentro de la

estructura social, y la

monogamia o la

poligamia bastiones del

patriarcado. La infidelidad,

el adulterio y los celos resultan así patrimonio del macho, la tradición legal del mundo justificó hasta el asesinato de la mujer adúltera. Pero no resulta menos curioso considerar que los celos masculinos pudieran tener un origen evolutivo, ya que biológicamente surgirían del mecanismo que alerta sobre el riesgo de cuidar el ADN de otro en detrimento del propio. Sin embargo por el mismo método se podría deducir que los celos femeninos se asentarían sobre el miedo al abandono emocional y de la protección hacia ella y la descendencia. Desde nuestros antepasados lejanos, los celos parece que se desencadenan por el mismo mecanismo.

La violencia de género, muy ligada con los celos tiene su origen en la posesión del varón sobre la mujer. En casi todas las sociedades existe la tendencia masculina a controlar a la mujer. Sumar a la devaluación social de la mujer, el compendio de comportamientos hostiles aprendidos contra ella, más los comportamientos fijados genéticamente, da como resultado una situación concreta, fiel reflejo de su tiranizada existencia. Parece sin embargo, que hubiera un obstáculo insalvable que impide superar la traumática realidad y que se localizaría en que estos últimos comportamientos, los genéticos, no puedan ser modificados con la voluntad porque no alcanzan en muchos casos el nivel del consciente masculino y tampoco el femenino aunque resulte paradójico, lo que sigue suponiendo una lacra de la sociedad actual, si bien es cierto que aquellos comportamientos reforzados por el aprendizaje son los más extremos, porque el aprendizaje y la educación pueden influir determinantemente para bien o para mal en estas conductas.

Durante siglos los matrimonios de conveniencia se formaron por motivos vinculados al interés y al poder masculino, pero ni la razón moderna ha conseguido prescindir de ese mercadeo, aunque por supuesto ahora los procedimientos se presentan en apariencia dignificados. La instauración del matrimonio como fórmula legal de la monogamia, la poligamia o la poliandria, lleva aparejada una doble moral contradictoria que llega a nuestros días: la simbiosis matrimonio-prostitución. Cuando la mujer en aquel remoto origen, pierde la independencia, pierde también un posterior compendio de valores sociales, quedando prácticamente relegada a una función procreadora y de objeto de placer. La familia patriarcal nace con éste desequilibrio.

El matrimonio monógamo machista encubre una variante disimulada de prostitución legalizada, con una diferencia que radicaría en el hecho de que las esposas cumplen el papel de reproductoras y las prostitutas ofrecen un servicio destinado exclusivamente a satisfacer los impulsos sexuales de los varones. En el matrimonio polígamo sin embargo ambas funciones se conjugan dentro del mismo ámbito, la disposición por parte del varón de varias esposas supone encontrar la función reproductora y la de satisfacción del placer sexual dentro del mismo marco legal. En el matrimonio poliándrico es la misma mujer, ante la escasez de sexo femenino la que asume las diferentes facetas, siendo simultáneamente esposa obligada de varios familiares, mantiene además relaciones extramatrimoniales forzadas con otros hombres, con la única ventaja de ser ella la transmisora del linaje, pues no puede ser de otra manera.

La mujer ha sido y aún es víctima de todo tipo de atropellos, el débito conyugal representa claramente el sometimiento sexual de la prostituta legal, y tal fue el abuso, que hasta el Derecho canónico determinó que negarse a él podía ser pecado mortal, para la mujer, claro. Fuera del matrimonio la prostitución ilegal representa el desahogo justificado del macho, evitando con ésta actividad el riesgo de violación para el resto de mujeres por la supuesta incontinencia sexual de unos hombres que siguen desfogando ardores abusando no sólo de mujeres, si no también de niños y niñas. La prostitución infantil y la misma pornografía en espacios ultramodernos como Internet dan una ligera idea de la magnitud del problema que arrastran. De lo que se deduce que mientras la satisfacción de los impulsos sexuales constituya una de las necesidades más fuertes de los varones humanos, existirá la prostitución en sus diversas facetas y por tanto la esclavitud sexual para el género femenino. Da igual que históricamente el ejercicio de la prostitución estuviera sacralizado, siempre estuvo al servicio del varón, y representa en todas sus variantes una forma de explotación y de violencia contra las mujeres, relegándolas a la condición de mercancías al servicio sexual de los hombres y de sus instintos trasnochados a cambio de sustento, favores, status, precio a fin de cuentas. Preciosa es la que tiene buen precio.

En la actualidad parece que nuestra cultura ha sintetizado la sexualidad en el orgasmo: el sexo mecanizado centrado en la satisfacción inmediata. Ésta fórmula desvinculada de sentimientos obedece a un patrón masculino que a priori aunque equipare los sexos pierde el plano afectivo de las relaciones, pero si la mujer consigue desprenderse de la secuela y atávica necesidad de prolongar en el tiempo la relación amorosa, conseguirá que el estímulo cerebral pueda desencadenar un comportamiento sexual similar al del varón. El orgasmo como razón primordial de la satisfacción erótica para hombres y mujeres sería ventajoso y liberador, teniendo en cuenta que el goce femenino fue reprimido, censurado y castigado llegando hasta nuestros días, donde de manera encubierta la mujer sigue marginada, siendo sometida a auténtico martirio, no sólo llevando el burka, y padeciendo la ablación del clítoris, si no que las modernas operaciones de estética con animo de permanecer atractivas sexualmente desde el prisma de la demanda machista, los implantes de silicona para realzar encantos con el mismo objetivo, los aberrantes tacones, tintes, pintura y maquillaje, tiranizan su vida por requerimiento sexual del varón. La imposición es tan sutil que resulta hasta difícil que las propias mujeres sean conscientes del atropello, como parecen así mismo ignorar las razones a que obedece semejante automaltrato de tan asumida como tienen la conducta del sometimiento.

Los valores sociales como el prestigio, la riqueza, o el estatus sustituyen culturalmente los requisitos de nuestras primitivas antepasadas que consideraban las cualidades físicas y la inteligencia imprescindibles para la procreación. Aún así de la misma manera que los hombres siguen eligiendo parejas jóvenes y con atributos de aparentemente bien dotadas para la maternidad (representadas actualmente con artificiosos reclamos sexuales de silicona, adornos y maquillaje), las mujeres siguen valorando al hombre valiente y varonil, (aunque los músculos procedan de aparatos de gimnasio y no del esfuerzo por la supervivencia). Por mucho que el inconsciente lo esconda todo ello se articula por la necesidad primordial de reproducirse, si bien es cierto que puede suplantarse el atractivo físico por el del personaje con relevancia social, artística o económica, éste último a fin de cuentas es el mayor garante desde hace muchos siglos de la viabilidad de sus descendientes.

Si la conducta fuese evolutiva, igual que la vida, las actuales formas de relación sexual aún estarían absolutamente condicionadas en el sentido que venimos aludiendo, pues la mayor parte de los contactos siguen teniendo como objetivo satisfacer al varón y esta prerrogativa existe porque valiéndose de artes torticeras a la mujer hasta nuestros días se la continua manipulando, prevaleciendo todavía y fuera de contexto la hegemonía del macho cavernícola.

La mujer ha ido arañando parcelas de independencia y recuperando la autoestima a muy alto precio y las generaciones progresistas apuestan por la pareja equilibrada, la mujer asume de nuevo la familia monoparental como una alternativa no sólo forzosa, que lo es en muchos casos, si no también de libre elección. Pero durante siglos los poderes constituidos, religiosos o políticos, han educado en una moral represora hacia el sexo femenino, utilizando supersticiones y tabúes, miedos y culpa arbitrariamente contra las mujeres, sin embargo en la actualidad la cultura aporta también un margen de libertad, las leyes cambian, disponemos de anticonceptivos y de nuevos ingredientes que se sintetizan en estímulos mentales que ligados a la imaginación pueden desencadenar en la mujer la libido instantánea, lo que nos acerca al sexo emancipado y placentero. Por primera vez después de la revolución agrícola del Neolítico la mujer recupera posiciones, pero no nos engañemos, los genes no se han culturizado.

El origen de la humanidad y el de la cultura son el mismo, la manipulación del entorno desencadena ambos procesos aparejados. No se pretende aquí dilucidar si el sexo masculino es la consecuencia de agregar un cromosoma (Y) al gen femenino, pero sí se puede afirmar que hubo un matriarcado primordial en nuestro origen más lejano, en aquel entorno arbóreo donde los recursos alimenticios vegetales estaban al alcance de todos. El asunto es que en el suelo el cazador-recolector se erigió con el poder político y social y el sujeto carnívoro instaura la virilidad, la falocracia. La figura del guerrero precede a la del cazador reforzándola en el mismo extremo hasta nuestros días, y por el momento los alcances de ese proceso son impredecibles, porque sin entrar en detalles exhaustivos sobre una cultura concreta, se puede generalizar que el compendio de creencias, religiones, educación, las artes y hasta las ciencias esconden estrategias reproductivas, y ese mismo compendio de conocimientos, habilidades y riquezas que constituyen el bagaje cultural son el resultado de una estrategia de supervivencia, consecuencia así mismo de otra estrategia reproductiva arcaica. Parece que la teoría del gen egoísta no anda muy lejos.

El aporte cultural por otro lado, ha provocado una dicotomía entre la mente y la biología que reporta desajustes y alteraciones en los individuos y por ende en las sociedades. Así, el proceso parece avocado a culminar en eugenesia, seleccionando deliberadamente nuestros propios genes, como ya se seleccionan los de otras especies. Pero incluso ahí, in vitro, los genes no dejan de instrumentalizarnos, porque su único objetivo es replicarse a cualquier precio.

Con todo y con eso, quizá sea la ciencia la única encargada de restituir la dignidad a las mujeres.

Fdo. Rosa Martínez

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Domingo 25 de junio de 2017 - 14:09