La libertad es un regalo particularmente difícil de asumir…
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Cuando las voces no callan…

La conciencia de la culpa actúa de modo diferente en los dos sexos; en nueve de cada diez, el hombre maneja mucho mejor que la mujer esa conciencia

 

 

Hay cosas que nunca cambian. Hay cosas que se perpetúan en el tiempo y, quien se percate de ello le deja un mal sabor de boca, o en mi caso, me producen cabreo o, vergüenza ajena, cuando menos. Me explico: En este recién acabado estío he asistido a un curso de 35 horas, a unas jornadas de 40 horas y a otro curso de 60 horas. Los dos cursos, estaban relacionados con la UE: fondos estructurales, relaciones con zonas transfronterizas y cooperación. Las jornadas estaban relacionadas con la cooperación al desarrollo y El Magreb y América Latina.

Las ponencias y/o asignaturas fueron impartidas por ellas y ellos (mas ellos). Y aquí es donde mi cabreo hace su aparición y el estupor y vergüenza embargan mi persona. Cuando ellos eran quienes estaban aleccionando, la audiencia se mantenía callada, no había salidas "ruidosas" al servicio o a fumar el ansiado cigarrillo, supongo, y el personal llegaba más o menos puntual y, si era la última hora de la mañana, casi todo el mundo se mantenía en sus asientos hasta las 14h 30’ o las 18 horas si era por la tarde: respetaban el horario callada y respetuosamente.

Ahora bien, cuando eran ellas las ponentes o quienes impartían las clases el ambiente cambiaba por arte de encantamiento o por malas artes: a primera hora de la mañana (como la de la tarde) la clase jamás comenzaba a su hora, era ruidosa por el chirriar de las sillas –las personas eran incapaces de levantarlas para evitar este desagradable escándalo- los tardíos (y las) no se cortaban un pelo en hacer preguntas, sin bajar el tono, al compañero o compañera que tuvieran al lado. Y las últimas horas, mañana y tarde, la desbandada era total: jamás éramos más de 8 las personas que quedamos en las aulas con el consiguiente chirriar de sillas, taconeos, caídas de carteras, bolsos o libros y los consabidos golpes de puerta. La vergüenza sentida era insoportable y el cabreo… ¡que les voy a contar! 

He de señalar que las personas que asistíamos a estos cursos o jornadas eran adultas, muy adultas. Quiero decir que no éramos veinteañeras. Y no es que esté justificando a las menores de veinte; en absoluto. Pero una piensa que personas que ya peinan canas han tenido tiempo suficiente para saber lo que significa la palabra respeto y llevarla a término.

Y no estoy diciendo que esto no ocurriera con los ponentes; sí sucedía algo de esto pero la diferencia era tan abismal, tuvo que ser tan abismal que hizo que me percatara y reflexionara sobre ello; realmente el contraste era monumental. Como monumentales eran las preguntas dirigidas  a las ponentes femeninas: a una pregunta se espera una respuesta y una explicación, cuando menos; se hace una pregunta para obtener una respuesta, se hace una pregunta por desconocimiento de la materia. Pues bien, en las preguntas que se hacían a las ponentes femeninas iba implícita la respuesta, quiero decir que las preguntas eran del tipo ese de  no me expliques nada, tan solo afirma lo que te estoy preguntando", ¿me entienden lo que quiero decir? Mientras que las dirigidas a ellos eran realmente preguntas que esperaban una respuesta magistral y así se sentían ellos, magistrales. De verdad, se sentían magistrales, se sentían profesores, conocedores de lo que estaban impartiendo y explicando, mientras que alguna de ellas incluso pidieron disculpas por equivocarse, por no estar muy seguras o porque no les había dado tiempo de prepararse las ponencias a conciencia. No sabremos jamás si a ellos les pasaba lo mismo porque si fue así, jamás lo demostraron. Y no hay acritud en mis palabras, tan sólo una triste observación de la realidad.

Han sido 135 horas seguidas que me han dejado observar y permitido pensar. He observado que las mujeres a pesar de ocupar altos cargos, a pesar de ser grandes filosofas, sociólogas, historiadoras, matemáticas…, a pesar de haber alcanzado cotas elevadas en la sociedad, a pesar de que son grandes pensadoras, sabias… no están libres. Su mente no es libre, no se ha liberado por completo de esa carga tan pesada que se llama patriarcado: éste sigue oprimiéndola, manipulando su psique. No hemos matado al padre y no nos hemos liberado de élÉl, mal que nos pese, está presente en nuestras vidas: en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en los medios de comunicación, el ocio… ¡en nuestra propia familia! Quitar de un plumazo dos mil y pico de años de opresión no es cosa baladí. ¿Cuánto tiempo más habrá de pasar para poder sentirnos libres?

Tanto ir y venir de un sitio a otro y siempre a pie tuvo nefastas consecuencias para mis sensibles y poco acostumbrados pies a tan largas caminatas. No tuve más remedio que acudir a la doctora de los pies, como diría mi sobrina de 4 años. Estaba yo allí con mis extremidades inferiores en alza y oyendo sin escuchar lo que la especialista estaba contando –creo suponer que a mi- cuando de repente creí escuchar "…si es que las mujeres en esto somos más ladinas". Di un respingo y le pregunté a qué se refería con eso de que somos más ladinas y más avariciosas. "Si mujer –me dijo. Las mujeres somos capaces de casarnos con un hombre aunque no estemos enamoradas de él". Y comenzó a explicarme que tenía una amiga que se había casado con un hombre por su dinero, que había dejado a su antiguo novio por éste que tenía mucho dinero, que había esperado no sé cuantos años y ahora, le había pedido el divorcio y se quería quedar con la mitad de sus bienes. Que eso, lo de casarse por dinero, las mujeres lo sabemos hacer muy bien. Mis manos se alzaban lentamente hacia la yugular, la de ella, claro, pero tuve que hacerlas retroceder ya que mis doloridos y sufridos pies estaban en sus manos y ella estaba con unas tijeras bien afiladas... Opté por respirar pausada y profundamente y le respondí.

Le dije que sí, había mujeres que eran avariciosas y otras cosas más, su amiga y otras mil, dos mil o algunas más como ella pero que no podemos pensar que el resto de las mujeres son iguales, porque no sería ni real ni honesto. Y le hice la pregunta pertinente, ¿harías tú lo mismo? Claro, ella no lo haría y millones de otras tantas tampoco, ni lo han hecho ni lo harán. El que Urdangarín, por poner un ejemplo conocido, haya dado el braguetazo no quiere decir que todos los hombres sean unos interesados, digo yo. Y creo que con este ejemplo logré convencerla. ¡Qué manera de demonizar a las mujeres! Todo esto es tan patético, tan desmoralizante… Es un ejercicio mental asimilar que en el siglo que estamos tengamos que seguir bregando con semejantes misoginias. Los hombres siempre son fantásticos, ni se les pone en un brete ni la sociedad les maltrata en el léxico, y en absoluto estamos practicando el victimismo. En fin, que habría que introducir ya un elemento corrector a este pseudopensamiento, popular (?) Recordé entonces todos los dineros que los gobiernos, algunos gobiernos, se gastan en toda esa propaganda -que para muy poco sirve, y muy a lo loco la mayoría de las veces-  en cursos y cursitos para que sus funcionarias y funcionarios pongan en "práctica en los papeles" la tan manida igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres para luego obtener tamaño resultado. ¡Como si la igualdad fuera algo que se adquiere con unos cursos de 40 horas!"

Para alcanzar la igualdad, para que parte de la sociedad deje de pensar que la mujer es un objeto al que se le puede decir y hacer lo que se quiera hace falta más que cursillos de 40 horas y menos toneladas de leyes que, al fin y al cabo, suelen servir… a otros intereses. Tan sólo hace falta una cosa, una cosa tan simple como respeto, respeto al otro cincuenta y pico por ciento que forma la otra mitad de la sociedad de este planeta. ¿Es esta una palabra tan difícil de aprehender?

Afectuosamente suya,

D.M. Noserra

Periodista

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Miércoles 26 de julio de 2017 - 04:38