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Noticia del Domingo 16 de septiembre de 2012
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Red Atocha. "Viaje de vuelta"

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Red Atocha.


  

Mi tren tiene parte de ayer y de hoy, y eso me gusta y me calma… .
¿Cuántas veces ha paseado mis sueños, mis anhelos, mis miedos y mi vida, de aquí para allá, sin importarle nada cargar con la fatiga y el vértigo que produce tanto cambio?...

¡Una vieja maleta, un nuevo destino!. Mi sombra sobre los raíles se ha hecho
estable, familiar, segura… . Se yergue firme y férrea como la propia vía, y ya no tiembla asustadiza como antaño ni se inmuta por los ruidos, los humos o los pasos acelerados de pasajeros sin rostros que se amontonan en el andén.

¡Mas mis deseos de hoy no son los mismos que los de antes!. Ya no espero el encuentro de la aventura ni de lo desconocido. ¡Tantas ciudades distintas tienen tanto en común!... . Ahora es sólo lo humano, sin formas, lo que me mueve.
Yo, como viajera de vuelta, busco unos ojos de complicidad en el cansancio.
………………………..

Sobrepasaba los treinta pero podía aparentar menor edad. El efecto dependía de su ánimo y de la fijeza o dulzura de su mirada, poderosa y azul. Sí, aún era atractiva y eso la reconfortaba. Necesitaba todo lo que pudiera infundirle valor y fuerza. Estaba sola y tenía roto el corazón.
…………………………

¡Vencida, por la pena, por tu ausencia, por mi soledad inmensa…!. ¡Vencida noto cómo el amor se desvanece y la añorada dulzura se transforma en aterrador suplicio de dolor indescriptible!. ¿Por qué suelo perder lo que más quiero tan a menudo?. ¿Por qué me siento espectadora distante de mi propia vida?. Sobre el andén, con mi vieja maleta, me agarro a la esperanza de una huida lejos del recuerdo, de lo amado, del sentido. Lejos… . Miro a mi alrededor buscando aferrarme a algo que me sujete, que me eleve del caos. Y miles de zombis avanzan lentamente con gestos repetitivos, atrofiados, hacia mí.

Veo a la típica pareja que se besan como muñecos mecánicos al ritmo de la campana del reloj cada pocos segundos, rumiantes, apáticos. Al fantoche de la azafata que coge el billete, tuerce la mano e indica la misma dirección una y otra vez. A los grupos despistados, a los ejecutivos con prisa…: ¡al hormiguero errante que en cada estación se multiplica!.

Abro la boca para coger aire, para no pensar, y una garra invisible aprovecha el descuido para colárseme dentro, para acuchillarme las entrañas… . Siento un ardor agudo, mis ojos lloran sangre. ¿Cómo puedo escapar de ti si en cada sitio que miro veo tu imagen?. ¿Cómo puedo enfrentarme al mundo si el mundo sin ti ha dejado de tener sentido?. ¿Por qué me abandonas para luego colgarte de mi espalda y aparecer cual pesadilla a cada paso?. ¡Si te vas no me atormentes!. ¡Déjame en libertad para comenzar una nueva vida…!.
……………………...

Silvia usaba su largo pelo castaño para ocultar el rostro y pasar desapercibida. Nunca lo lograba del todo ya que siempre había quién se la quedaba mirando inexorablemente. Y ella no entendía por qué ya que su carácter tímido y solitario la empujaba a huir del protagonismo y evitaba llamar la atención. Prefería observar desde la sombra o soñar. Pero, aunque no era frívola ni creída, agradecía el gesto de que alguien se fijara en su persona y la sacara de una especie de masa informe, impersonal y gris para darle la categoría de ser humano, si no especial ni único, sí al menos, interesante. En estos casos solía haber un intercambio de miradas cómplice y tal vez, hasta un amago de simpatía. Y en estos casos, también, ella solía acabar desviando su vista hacia otro lado y cortaba por lo sano embobándose en sus propios asuntos.
Así ocurrió de nuevo pero estaba demasiado aturdida para darse cuenta y decidió seguir el hilo de su pensamiento.
………………………

Santa Justa bulle como un hervidero humano. He decidido no coger el Ave porque no tengo prisa por llegar a Madrid. ¡Demasiado rápido!. Necesito tiempo para asimilar el cambio.

La otra vez, hace seis años, cuando vine a Sevilla, los brazos que me rodeaban en una cálida despedida se quedaron en alto, desconsolados, abiertos por el brusco despegue de mi cuerpo, arrebatado de ellos con violencia, empujado por la mano de un vigilante desconsiderado que me obligaba a correr, aturrullada, por la inmediata salida del tren.

Volé, subí, te avisté, te esfumaste… .Quise besarte, decirte adiós, pero habías desaparecido… . Quedé triste, confusa y desconcertada tras la vitrina del vagón.
El Ave estaba en marcha. Hubo un ¡puf! y Atocha se volatizó de repente, ni siquiera quedó envuelta en una aureola de humo… . ¡Entonces me di cuenta de que lo había perdido todo!. De pronto me quedé sin casa, sin amigos, sin trabajo, sin amor, sin vida. ¡Puf!.
Y ahora estoy aquí, en el otro sentido de la marcha, de Sevilla a Madrid, en las mismas circunstancias.
……………………….

El miedo, el agobio, la pegaron al andén como una muñequita de escayola se adhiere al pedestal de su base. Y, como esta estatuilla, escondía su fragilidad con una apariencia externa pétrea e impasible.
Con su vieja maleta, y con un dolor insoportable de artrosis en el tobillo, no se sentía capaz de seguir adelante, de volver a buscarse la vida, de volver a empezar… . De volver a Madrid. ¿Cómo decía la frase?, se preguntó. ¡Ah, sí!. “De Madrid al cielo”… “O al infierno”, precisó, ya que ella conocía bien el cielo y el infierno de Madrid.

No quería llorar aunque le entraron unas ganas inmensas, irreprimibles. Así que abrió la boca para respirar, para distraer su pensamiento. Buscó entre la multitud “algo cálido” en lo que apoyarse –un gesto, una sonrisa…-. Y cuando ya desistía, ya desesperaba, un destello luminoso robó su mirada y la llevó a posarse sobre una figura inverosímil, que ya no existía porque se había extinguido con los años. Un viejo revisor con la gorra de plato que le sonreía de forma entrañable.

A Silvia le pareció reconocerlo, le resultaba familiar. Y, de algún modo, sintió un leve consuelo al contemplarlo. Recordó la primera vez que se subió a un tren y el temor que le producía el verse rodeada de extraños. Sólo el revisor consiguió infundirle un poco de seguridad y calma. Levantó la vista hacia él pero había desaparecido de la misma forma rara en la que surgió.
Sin embargo, ya se sentía más tranquila.

Con decisión recogió el equipaje y se dirigió al TALGO. Si tenía que volver lo haría procurando martirizarse lo menos posible y disfrutar del viaje.
Por experiencia sabía que necesitaría de todas sus fuerzas para salir adelante. ¡Y saldría, ¿por qué no?!. ¡ Al fin y al cabo no era la primera vez…! .

Adoptó una pose de fingida seguridad en sí misma y, cojeando, se plantó frente a la puerta del vagón. Intentó alzar la maleta pero pesaba demasiado así que tuvo que dejarla en el suelo. Resoplando la levantó de nuevo pero, esta vez, una mano desconocida y amiga la empujó hasta meterla dentro. Y con una sonrisa encantadora se ofreció a colocarla en su emplazamiento. Silvia se dejó ayudar dando las gracias lacónicamente.


Un asiento al lado de la ventana. Se sentía mejor contemplando el paisaje
y abstrayéndose del barullo. Era todo lo que necesitaba para estar bien.
Quería descansar así que se acomodó en su sitio y cerró los ojos sin preocuparse de quién se pondría a su lado. Lo hizo Alicia, una joven tímida que viajaba sola por primera vez y que la había estado observando desde hacía tiempo. También había sido ella quién le subió el equipaje.

-¡Perdona!, exclamó, ¿te molesta si me siento?.
-¡No!, respondió Silvia cortante, entreabriendo a penas los ojos en una muestra inequívoca de que quería que la dejasen tranquila.

Apabullada, Alicia musitó un “gracias” y se colocó junto a ella de forma rígida, procurando no rozarla. A Silvia le dio un poco de cargo de conciencia pero siguió durmiendo. De pronto, el rostro del revisor de la gorra de plato casi se aplasta contra el suyo y le oyó decir en un leve susurro: -¿es que ya no te acuerdas…?. Y se vio a sí misma hace unos años, abrumada por la tensión de quién viaja sola por primera vez, asustada, tensa y deseosa de que “alguien” le dirigiese la palabra con un saludo amable. Se encontraba mal y ahora, ella, había conseguido que esa chica se incomodara por su culpa. No era justo. Nadie debería poder violentar, faltar al respeto o hacer daño a otro tan fácilmente, sólo porque esté de mal humor y se crea más fuerte. ¡Si ella siempre había defendido al débil!. ¿Qué le estaba pasando?. Sintió vergüenza de sí misma y reaccionó.

¡Alicia había entrado con mal pié en el vagón!. Volvía de comprar agua y estaba abriendo la botella cuando el tren cogió una curva, le hizo perder el equilibrio, tropezó y derramó un poco de líquido “fresquito” a una gorda sudada con ropa “pija” que se ensañó con ella.

-¡Ten más cuidado, estúpida, mira cómo me has puesto el traje nuevo…!.

Alicia estaba a punto de llorar, no atinaba a disculparse y Silvia, indignada, saltó en su defensa y se enfrentó a la “obesa”.

-¡Disculpe a mi amiga, señora, se encuentra tan abatida por sus insultos que no acierta a pedir perdón!. ¡Es muy sensible!, ¿sabe?. ¡Y no está acostumbrada a palabras soeces!. El ambiente se transformó en un silencio expectante. Silvia, prosiguió.

-¿Está usted bien, le ha hecho daño, alguna herida quizás…?.

-¡No, no es nada!, musitaba la “doña” a intervalos, incómoda por la atención que suscitaba la escena.

-¡Ah, ya veo…!, exclamó Silvia señalando abiertamente las dos inmensas manchas que surgían de las axilas de la “dama”, ¡…la ha empapado bien!.

-¡No, no!, se apresuró a explicar la mujer, algo turbada. ¡Es sudor…!.

-¡Sudor!, gritó Silvia. ¡Ah, entonces lo que ha hecho mi amiga es refrescarla un poco!. Y la risa generalizada estalló sin control.

Abochornada, la señora desvió su vista, dando por terminada la discusión. Y Silvia, apoyando su mano en el hombro de Alicia, la invitó a volver a su asiento afectuosamente. Allí le habló en el mismo tono.

-¡Perdona, me parece que antes he sido un poco brusca y desagradable contigo!. Te diría que estoy cansada y baja de ánimo pero creo que mi comportamiento no tiene excusa. ¿Te he molestado, verdad?.

La sonrisa radiante que le dedicó y el brillo luminoso de sus ojos conmovieron a Silvia y le hicieron abundar en la idea de que no había derecho a ser tan borde. Le devolvió el gesto e inició la conversación.

-¿Sabes?, he de confesarte que yo también derramé agua una vez en un tren. ¡Pero lo mío fue más grave porque tiré la botella entera, estalló y convertí el suelo en un charco!. ¡No sabía dónde meterme!. Por suerte nadie prestaba atención y yo me escabullí disimuladamente. ¡No hubiera tenido fuerzas para enfrentarme a una foca cabreada, la verdad!. Ambas compartieron sus risas y respondieron a las preguntas triviales de, de dónde eres y a dónde vas.

Así supieron que Alicia era oriunda de Ervento, un pueblecito marino, posiblemente de Huelva, y había heredado de él su aspecto, extrañamente salvaje, y su forma de ser sencilla y encantadora. Tenía ojos de lince, de mirada profunda y tranquilizante. Mar lejano, mar de fondo, entre verde y azul. Su soberbia figura se completaba con una piel de cobre, con tonos rojizos, curtida por el sol. Y con una melena negra, rizada, reluciente, suave, no menos impresionante que sus labios carnosos. En su tierra le hubieran dicho que era “una morena resalá”. Pero lo mejor de ella era su carácter dócil e inocente aunque no falto de cierta picardía y descaro.

Silvia , en cambio, había nacido en la campiña del sur, en Soléa , y su aspecto era más claro, más rubio, más místico y evocador, como los campos de trigo y amapolas mecidos por la brisa caprichosa y caliente que los hacía aparecer como un espejismo, como un océano rojo y dorado con olas crecientes enmarcado en un horizonte lejano y añil. También tenía la mirada brillante de las estrellas que contemplaba -especialmente Venus- cada noche desde su refugio, su “azotea”, lugar privilegiado para observar un cielo infinito cargado de astros celestes, mágicos, divinos. Así era su alma, luminosa y noble.

¡Lo que necesitas es humor y ser un poco más considerada con el prójimo!, pensó Silvia y miró a Alicia de soslayo. Ésta se había relajado y urgaba en una bolsa que, al abrirla, despidió un aroma inconfundible. Silvia exclamó:

-¿¡No habrás traído chorizo de pueblo, verdad!?.
-¡Pues sí!, respondió Alicia cortada, temerosa de parecer “paleta”. No quería causar mala impresión a su nueva amiga, por eso se ruborizó.
-¡A mí me encanta!, continuó Silvia y confesó que se había olvidado de comprar un bocadillo. Aliviada, Alicia le propuso compartir las viandas ya que venía cargada de provisiones.
-¡Mi madre pensó que me moriría de hambre y “me ha aviado la talega”, explicó.
-¡Qué suerte tienes, la mía habría hecho lo mismo!, comentó Silvia con un poco de tristeza al recordar a su madre recién muerta. No le pasó inadvertido a Alicia que Silvia se esforzaba por ocultar una lágrima fugaz y resbaladiza que le surcaba inoportunamente el rostro. Se conmovió y decidió mimarla preparándole un “banquete maternal”, generoso.
-¡Cómetelo entero, eh!. ¡No vayas a despreciarlo!.
-¡Cómo podría!, se admiró. ¡Gracias!, musitó Silvia mientras se levantaba. ¡Voy a por las bebidas!, y se marchó sonriendo.

Fue un almuerzo alegre y coloquial. Silvia evocó la imagen de un día en que viajaba con su madre y con su abuelo a Pamplona. En su compartimento se encontraba un joven alemán con mochila y aspecto fatigado que debía cambiar de tren en Alsasua. Cuando llegó el momento de cenar, su madre sacó refrescos y bocadillos para todos, también para el extranjero que no daba crédito a su suerte, ya que, no sólo recibió un bollo con mortadela -que, por cierto se zampó volando- sino que le ofrecieron una bolsa con algunos más “para el camino”.

-¡No tiene hambre, ni ná ¡, comentó el abuelo que se divertía viendo cómo el muchacho no paraba de dar las gracias, ni de engullir, ni de abrir los ojos incrédulo. Tampoco paraba de asegurar que “eso en su tierra no pasaba”.

Mientras comían y charlaban, a Silvia se le ocurrió que entre las dos existía un curioso paralelismo. Y mientras meditaba sobre la extraña idea, le pareció que el ya habitual revisor le asentía, cómplice, ¡como si le hubiese adivinado el pensamiento!. Se sobresaltó, buscó su figura entre la gente, ¡pero, de nuevo, se había esfumado!.

¡Huy!, se dijo Silvia. ¡Debo de estar fatal, veo visiones y, lo que es peor, hablo con ellas!. Recurrió a su escondido sentido del humor que le salía a borbotones cuando se encontraba más segura de sí, más liviana, más alegre, con más ganas de vivir. Cerró los ojos y, directamente, se dirigió al espectro.

“-¡Querido fantasma!: ¡No sé de dónde sales ni por qué tienes esta fijación conmigo!. ¡Me conoces muy bien, ¿nos hemos visto antes?!.¡¿Yo no te habré tratado mal, verdad?!. (Es que he visto muchas películas…!.). De todos modos eres muy oportuno en tus observaciones y tus “apariciones” han sido cariñosas, entrañables, evocadoras… ¡Me gustas!. ¡Vuelve cuando quieras!. He decidido nombrarte “mi amigo invisible favorito”.
Con estas palabras, Silvia dio por terminado el discurso a su “colega” satisfactoriamente pero cuando le oyó decir a éste, -“Gracias, así lo haré”-, no pudo evitar sentir un “poquito” de recelo… (¡Ay, madre!, suspiró).

Sopor y calma. Seguía con los ojos cerrados disfrutando del cosquilleo cálido producido por el sol en la ventana. Silvia invocaba la brisa caliente en un mar imaginario. ¡Podía percibir, respirar su aroma, embelezarse!. ¡La playa, la arena, la orilla, las olas salpicando sus pies, la sal en su cuerpo!. ¡Quería sumergirse en el agua, desnuda, y emerger renaciente, renovada, libre!. ¡Escurridiza…!. ¡Sí, se sentía fuerte en el agua!. ¡Podía moverse con facilidad, sin trabas!. ¡En la arena, en cambio, era una sirena varada y triste, con plomo en los pies, esperando indolente, con impotencia, que la salvara un delfín!.
Se angustió, sufrió un tirón en el tobillo, doloroso, estridente, y se despertó contrariada, desconsolada, abatida. ¡He aquí la cruda realidad!, sentenció.
Y procuró calmarse, como otras veces… . Alicia dormía plácida, dulce, confiadamente, ¡en su hombro!. ¡Bueno, me parece bien que se ponga cómoda -objetó Silvia- pero yo no soy un sofá!. Sin embargo, a pesar de sus quejas, no se atrevió a moverse.

Contemplando la afable apariencia de Alicia, su respiración regular, su paz, embargó a Silvia un sentimiento contradictorio de sana envidia, por un lado, y de candor y ternura por otro. Volvió lentamente, con suavidad, su cabeza hacia la ventana, y se introdujo entre las peñas y los castillos de Jaén buscando pájaros - un águila, un azor quizás- para subir con ellos volando hasta las cimas.

- “¡Vuela alto, no te cortes!. ¡Tú puedes llegar a donde quieras!”, oyó decir a una voz, ya conocida, ya reconfortante, ya querida. Era el viejo revisor de la gorra de plato quien le hablaba. “¿Por qué te has puesto melancólica?. ¿Añoras el estado de relajación y de tranquilo abandono que se desprende del rostro de Alicia ?. ¡Pero si es tu mismo reflejo!, ¿no lo ves?. ¡Mírate sin miedo!”.

¡Y allí estaba Silvia, en medio de la oscuridad, a las seis de la mañana, subiendo a tientas con otros zombis a un autobús para ir al trabajo, muerta de sueño, deseando dormir y encontrar una almohada mullida en el hombro de otro sonámbulo madrugador desconocido, encontrando el hombro desconocido y blandito del noctámbulo mullido que probó con las uñas, que estaba aceptable, y acurrucándose en él, descaradamente, al igual que el desconocido noctámbulo lo hizo en el suyo, también aceptable, apoyando su pesada cabeza sin miramientos!.

- ¡Pues es verdad, qué desfachatez…!, recordó Silvia dialogando con el “fantasma”.
- ¡No eres tan distinta a ella!, aseguró él. ¡Sólo que ella empieza su preparación ahora y Tú ya te has formado, te has hecho fuerte, has superado las pruebas, eres lo que querías ser….!. ¡Aunque no lo creas, estás en tu mejor momento!.
- ¡Estoy cansada…!.
- ¡Debes decidir!. ¡No blindes tu corazón o estarás muerta!.
- ¡No quiero que me hagan daño!.
- ¡No te dejes!. Tú sabes lo que es vivir porque has vivido. ¡Vive!, y se esfumó.

Silvia se recreó en Alicia, meditabunda, y se dio cuenta de que no deseaba volver a la juventud, ni comenzar la carrera…. ¡Ya había pasado por ahí!. Y adoraba sus propias vivencias, únicas, irrepetibles… . ¡No, lo que realmente quería Silvia era seguir siendo ella misma, seguir adelante…!. ¡Pero más feliz!. ¡Deseaba no tener que perder a la gente que amaba tan a menudo!.

Alicia se despertó con pereza, recuperada, exultante. Se dio cuenta de que, prácticamente, estaba sobre Silvia, pero no se inmutó. Silvia tampoco, se limitó a estirar su brazo entumecido y a preguntarle si había descansado. Estaban en Madrid. ¡Fin de trayecto!.
- ¡Hemos llegado!, ¿me ayudas con las maletas?, anunció Silvia.
- ¡Sí, claro!, contestó Alicia desconcertada por el repentino bullicio.
Y ambas se vieron de pronto envueltas por el tropel de viajeros que se apresuraban a salir del tren.

Ya en Atocha, la despedida resultaba difícil. Se quedaron quietas, en silencio, mirándose de frente sin saber qué decir. Silvia notó un nudo en la garganta, un vacío en el estómago provocado por la nausea que sentía al verse sola, de nuevo, ante la gran ciudad. Buscó el apoyo del viejo afable que tanto la había acompañado y éste apareció a lo lejos, tras los cristales del vagón, dirigiéndose a ella de forma misteriosa: –“ ¡No tiene por qué ser así!”.
Silvia lo entendió cuando miró a Alicia y vio que tenía la cara desencajada, la sonrisa perdida… . Parecía un gorrión desamparado y herido. Abría la boca con trabajo pidiendo auxilio. Al fin, balbuceó: -“ ¡No me dejes, ven conmigo…!”. “¡¿Y por qué no?!, pensó Silvia, ¡después de todo, llevamos el mismo camino!”.

- ¡Vamos!, exclamó Silvia sonriente tendiéndole la mano a Alicia.
- ¿A dónde?, indagó ésta mientras caminaba hacia su amiga con la alegría recuperada.
- ¡Pues, ¿a dónde va a ser…?!, respondió Silvia radiante, repentina.
¡A comernos el mundo!.

Y se alejaron entre risas despidiendo con la mano a un viejo revisor amable …

…………………………

Oliv./

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Sábado 21 de octubre de 2017 - 08:53